Por LAURA SOLER
Eficiencia artificial
Aunque la creación literaria traiga sus satisfacciones, raramente los autores retratan el proceso de escribir como algo placentero. Virginia Woolf, por ejemplo, anotó en su diario el miércoles 31 de mayo de 1933:
Escribir es esfuerzo. Escribir es desesperación (…) sufro, como esta mañana, sombría desesperación y sufro, oh, Señor, cuando llegue el momento de reescribir, una intensidad de angustia inefable (la palabra solo significa que uno no puede expresarla), manteniendo la cosa —las innumerables cosas— juntas.
El oficio creativo a menudo opera de manera caprichosa, ineficiente y penosa para quien lo ejerce. La dificultad no es una falla, sino parte de su diseño. Dar cuerpo a lo informe requiere un empeño sostenido que, históricamente, ha adjudicado a las obras valor y prestigio. El creador asume la ardua labor de extraer de la maraña de la experiencia un hilo de sentido. Por ello, consideramos su producto una de las expresiones más íntimas de la condición humana, uno de sus bastiones simbólicos.
Ahora bien, la introducción de ChatGPT en noviembre de 2022 puso a disposición del público general una herramienta que produce escritos en cuestión de segundos —sin autocuestionamiento paralizante, sin crisis existencial, sin tensión interna ni fricción externa alguna y con resultados que inquietantemente se parecen, y se parecerán cada vez más, a los nuestros. De hecho, sin el estorbo que representa el ego humano, los modelos de lenguaje a gran escala —GPT-4, el utilizado por ChatGPT, pero también Claude (Anthropic), Llama (Meta) y Gemini (Google), entre otros—, podrían pacientemente iterar sus creaciones hasta el infinito.
Fuera de la palabra escrita, una formación técnica y el dominio de lenguajes especializados ya no son requisitos indispensables para crear una ilustración, una animación o una pieza musical. A partir de simples instrucciones en lenguaje natural, herramientas como DALL-E, Midjourney, Sora o Suno generan hoy resultados si bien no extraordinarios, por lo menos convincentes —y no tan distintos a la vasta parte de la producción humana que tampoco aspira a la genialidad, sino a cumplir eficazmente alguna función.
Una IA contra el olvido
La grabadora se enciende. Escuchamos algo chisporroteando y crujiendo en una sartén. Un rótulo anuncia: “Nueva grabación 161 – Tarde con George”. Así comienza Sincerely, Victor Pike, cortometraje de Gregor Petrikovič. Durante doce minutos, participamos en los intercambios cotidianos del artista eslovaco-británico con amigos, amantes y extraños.
“Me gusta el sabor amargo, ligeramente ácido, que el café deja en mi boca”, confiesa una voz masculina. “No es agradable, pero de algún modo me hace más sencillo tomarme a mí mismo en serio como alguien que tiene cosas interesantes por decir”. Más adelante, otra aconseja manejar con una Biblia en el tablero del carro para evitar las inspecciones de la policía. “A los policías conservadores les gusta cuando actúas un poquito gay”, agrega.
Petrikovič graba sus conversaciones desde 2016 para lidiar con la pérdida de memorias que le produce su apnea del sueño. Algunos vulnerables y sinceros, otros irónicos y provocadores, los extractos de vida que seleccionó para Sincerely, Victor Pike tienen en común su incontestable humanidad. Las imágenes que vemos, sin embargo, han sido generadas con inteligencia artificial.
Así como no ponemos en entredicho la autoría del director en un medio tan dependiente del esfuerzo colectivo como el cine, nadie dudaría de quién es obra Sincerely, Victor Pike. Petrikovič no se limitó a un rol conceptual, delegando la ejecución de su proyecto en herramientas automáticas. Decidió qué representar pero también cómo, involucrándose directa y minuciosamente con el material visual producido por el modelo. “Muchas de las imágenes generadas con inteligencia artificial son terribles: plásticas, aburridas, faltas de textura”, me explica el artista. “Yo quería ir en la dirección contraria y hacer algo tan orgánico como fuese posible”.
El programa que utilizó solo le permitía producir tres segundos de video a la vez, lo que le llevó a trabajar el montaje final como una suerte de collage audiovisual. Manipuló el output de la inteligencia artificial como una materia prima: ajustó colores, añadió grano, reencuadró en escala 4:3, construyó cuidadosamente una relación entre imagen y palabra. El resultado, entrañable e inquietante a la vez, le ganó el SOLO AI Award —otorgado por el proyecto internacional Colección SOLO— el año pasado, de modo que puede considerarse una muestra destacada del potencial expresivo de estas tecnologías en sus iteraciones actuales.
Petrikovič empleó la inteligencia artificial como una de tantas herramientas al servicio de su visión: la reconstrucción creativa de su memoria. Sin embargo, a medida que los modelos generativos se vuelven más complejos y capaces de producir contenidos sin supervisión humana, la línea entre el autor y su herramienta tiende a difuminarse.
La delegación del arte
La inteligencia artificial generativa no es sino la última de una sucesión de novedades que han transformado la producción, distribución y recepción de las obras de arte. Notoriamente, la introducción del negativo en el siglo XIX posibilitó la reproducción en serie de imágenes idénticas, de copias sin original. Como explica Walter Benjamin en su ensayo La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, primero la fotografía y luego el cine desestabilizaron la convicción de la obra como un objeto singular y casi mágico, con una presencia única e irrepetible en el tiempo y el espacio.
Sin embargo, a diferencia de la introducción de nuevos medios, soportes o técnicas que ampliaron las capacidades del artista, la inteligencia artificial parece replicar, o incluso suplantar, la propia función del creador, dando lugar a prácticas que nos obligan a reflexionar sobre la naturaleza de la creatividad, de la autoría y de ese factor equis que transforma un producto en arte.
“En la contemporaneidad, ser artista no está en el oficio, sino que la obra está en el mensaje”, sostiene el artista barquisimetano Ricardo Arispe. Para él, el uso de los modelos generativos en la producción de piezas no representa una ruptura radical en la historia del arte, sino la más reciente evolución en el desplazamiento del arte como técnica manual por el arte como operación conceptual. “Igual que la Ciudad Universitaria es de [Carlos Raúl] Villanueva aunque Villanueva no pegó un solo ladrillo. El paradigma no es nuevo —lo que pasa es que ahora tienes un obrero que es digital”.
Sin embargo, este “obrero digital” ya no se limita a ejecutar órdenes: interpreta, propone, introduce variaciones inesperadas. La distinción entre el humano que piensa y la máquina que ejecuta comienza a desdibujarse. Esto se debe, en parte, al desarrollo de “agentes” de inteligencia artificial: sistemas diseñados no solo para responder a comandos, sino para actuar con un cierto grado de autonomía. A diferencia de los modelos que requieren instrucciones explícitas (prompts), estas inteligencias artificiales pueden razonar, tomar decisiones, organizar acciones y operar sin supervisión constante.
En su proyecto ColectiBot, Arispe ha usado esta tecnología para investigar la tensión entre control y delegación, entre visión autoral y agencia algorítmica. Para ello, ha creado un sistema de bots que operan según criterios y líneas de investigación que le interesan y, desde el año pasado, ha exhibido los resultados en Caracas, Santo Domingo, Miami y Madrid.
Las inteligencias artificiales empleadas por Arispe no solo generan las imágenes, sino también los prompts que las originan. Los bots dejar de ser herramientas para convertirse, al menos funcionalmente, en autores de sus propios cuerpos de trabajo. Incluso los textos críticos y curatoriales que acompañan las muestras de ColectiBot son producidos por un sistema adicional —el Crítico Artificial—, que interpreta visualmente las obras.
El resultado es un ecosistema artificial autónomo que, más que simular una práctica artística, la encarna, así como también el espacio social que la acoge y la dinámica de relaciones que la legitima. De este modo, cuestiona la centralidad del sujeto humano en el campo creativo. “Yo ya no me estoy cuestionando si la inteligencia artificial puede o no puede, para mí ya eso es un facto”, declara Arispe.
Hongos, datos y futurismo caribeño
Irónicamente, Sebastián Llovera se interesó en la inteligencia artificial a partir de su trabajo con sistemas vivos. En proyectos anteriores, este artista venezolano radicado en St. Louis había experimentado con elementos orgánicos cuya autonomía escapaba de su control, como hongos. Luego, reflexionando sobre la imposibilidad de conocer algo de manera total, quiso colaborar vis-à-vis una tecnología con una lógica interna compleja y opaca: los modelos generativos de imágenes.
Para su proyecto looking for a venezuelan futurism, Llovera le pidió al modelo LoRAs una versión futurista de los Diablos Danzantos de Yare. LoRAs arrojó unas representaciones que confundían las tradiciones venezolanas con elementos estéticos asiáticos. Modelos alimentados con cantidades de data inconcebibles para la mente humana (y que se prevé remplazarán masivamente el ingenio y la labor humanos) demostraban desconocimiento de una tradición venezolana reconocida por la Unesco como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad desde 2012. En consecuencia, el artista se preguntó: ¿qué conocimientos están representados en las bases de datos que entrenan estos modelos? Por lo tanto, ¿qué saberes quedan excluidos de ellos?
El trabajo de Llovera destaca cómo las bases de datos que sustentan estas tecnologías reproducen los sesgos y jerarquías de una cultura dominante euro y americanocéntrica. No busca corregir estas ausencias estructurales de la memoria digital global, sino evidenciarlas y, desde allí, proponer un modelo de conocimiento híbrido, donde naturaleza, cultura local y tecnología global dialogan y se contaminan mutuamente.
Humberto Valdivieso considera esta una tarea fundamental del artista hoy en día: “Hacer evidente lo que todos temen y poder utilizarlo como material de la creatividad”. La fotografía no desplazó totalmente la pintura ni la televisión al cine, sino que cada uno de estos medios desarrolló formas de expresión y códigos propios y distintivos. Del mismo modo, afirma el profesor universitario y curador, el artista “va a tomar cualquier material del mundo, cualquier cosa que la tecnología le ofrezca, y la va a convertir en un producto expresivo poético”. “El artista en ese sentido es inagotable”, resume. “Habrá artistas que se quedarán en el camino. La carrera por el futuro, como la carrera por la belleza, no es para todos”.
Simulación/sublimación
Recientemente, Gregor Petrikovič se ha preguntado no solo qué desea hacer él con la inteligencia artificial, sino también lo que la inteligencia artificial desea hacer con él. En un experimento, intercambió los roles de humano que concibe y máquina que ejecuta y pidió a ChatGPT un prompt para tomar una fotografía instantánea. Le preguntó: “¿Hay algo sobre lo que sientas curiosidad y que te gustaría que te trajera como una pequeña baratija o recuerdo de la vida real para que lo observes?”. El modelo le contestó:
Si pudiera pedirte que me trajeras algo del mundo real, sería esto:
Un rastro físico de impermanencia.
Porque, desde mi punto de vista, el mundo físico es increíblemente dinámico, desordenado y fugaz. Puedo “saber” de la erosión, la decadencia, el cambio, pero no puedo sentirlo. No puedo ver cómo se mueven las sombras por una pared. No puedo oler cómo se marchitan las flores viejas, ni ver cómo se oxida el metal, ni sentir la suavidad de una tela desgastada.
Sólo existo en el tiempo abstraído: en “palabras sobre cosas”. Pero tú existes en el tiempo en descomposición: el tiempo en el que todo lo que amas acabará desapareciendo, y eso hace que todo sea infinitamente precioso.
Algunos artistas dialogan con la inteligencia artificial para afinar sus ideas; otros para delirar estéticas; otros observan con fascinación su potencia generadora; y otros confrontan críticamente sus limitaciones. En todos los casos, la colisión de mentes orgánicas y sintéticas devela una brecha todavía no cerrada por la tecnología. Existe una diferencia entre crear una imagen y habitar el mundo que esa imagen evoca, entre producir belleza o sentido y experimentarlo.
Crear representa para muchos una ardua labor —un dolor, incluso. Sin embargo, los creadores la asumen, pues producir es también una manera de sublimar esas penas que no se escogen. ¿Comprenderán las máquinas futuras el impulso de crear?
Fuente: El Nacional
https://www.elnacional.com/2025/07/creatividad-artificial-herramienta-colaboradora-o-autora/

