Vidas en tránsito

Alfredo Padrón

“Me dediqué a la educación para darle bienestar a mi familia sin traumas, y la fotografía quedó como un acto personal, íntimo, que aún sueña con volver.”

Fotógrafo.
Venezolano.
Reside en Santo Domingo, República Dominicana.

Foto: Nathalie Sayago

Alfredo Padrón es un fotógrafo venezolano que decidió migrar a la República Dominicana empujado por circunstancias económicas cada vez más difíciles. A pesar de no enfrentar persecución ni amenazas directas, su entorno familiar se volvió insostenible, lo que lo llevó a mudarse desde Caracas a Puerto La Cruz en busca de mejores oportunidades. Sin embargo, la precariedad se intensificó y, tras agotar sus recursos como fotógrafo, tuvo que asumir otros oficios, incluyendo la gerencia de un restaurante italiano. Fue precisamente allí donde surgió una oferta para emigrar a Panamá con la promesa de encargarse de una planta envasadora, pero el proyecto empresarial fracasó. Con sus ahorros disminuyendo, Alfredo comprendió que era el momento de tomar una decisión radical: emigrar a otro país antes de quedarse sin recursos para hacerlo. Así, en 2016, junto a su esposa y su hija, partió hacia República Dominicana, país al que podían ingresar sin visa y donde conocían a algunas personas.

La nostalgia de Alfredo por Venezuela se ancla en el calor de su familia numerosa. Proviene de un hogar con ocho hermanos que celebraban juntos cada Navidad y los cumpleaños de su madre, quien vivió hasta los 98 años. La distancia y el paso del tiempo han erosionado esos encuentros, marcados ahora por ausencias definitivas, pero también han fortalecido el valor de esos recuerdos. En cuanto a su formación, Alfredo no atribuye su mirada fotográfica a su nacionalidad, sino a su paso por la Escuela de Cine de Bucarest, Rumanía, donde se especializó en iluminación artificial, una técnica que aún define su estética visual. Además de la fotografía, su vínculo con la cultura venezolana se mantiene vivo a través de la música y la cocina: toca el cuatro y cocina para su familia con añoranza, aunque extraña ingredientes esenciales como el ají dulce.

Como migrante, su principal obstáculo fue la imposibilidad de integrarse al mercado laboral formal por no contar con los documentos migratorios requeridos, lo que lo excluyó inicialmente de proyectos fotográficos y cinematográficos en su nuevo país. Observó con preocupación cómo otros compatriotas con gran experiencia, al no tener papeles, ofrecían su trabajo por tarifas más bajas, generando fricción con los técnicos locales y cerrando aún más las puertas para los recién llegados. Por eso, Alfredo optó por dedicarse a la educación, una vía que le permitió garantizar el bienestar de su familia sin conflictos ni ilegalidades. Así se convirtió en coordinador académico de dos carreras universitarias, dejando la fotografía como una práctica más íntima, reducida por el tiempo y las responsabilidades laborales.

Hoy, después de ocho años en República Dominicana, Alfredo se considera un migrante afortunado. Logró cumplir su objetivo de enseñar en instituciones como Altos de Chavón e INTEC, donde ahora es profesor a tiempo completo. Desde su cargo académico, sueña con fortalecer las carreras que coordina, aumentar la matrícula, crear un festival de cine universitario y mejorar el currículo. Aunque ya no vive de la fotografía, anhela tener más tiempo para proyectos personales. A sus 67 años, se siente profundamente arraigado en su país de acogida, agradecido por la hospitalidad del pueblo dominicano, y espera poder envejecer allí con estabilidad, sin nuevas mudanzas forzadas. Cree que esta tierra ha sido la mejor elección posible y aspira a que, al menos para su familia, el futuro sea más estable y definitivo.

Pasado, presente y futuro

Imágenes: AVA.

Alfredo Padrón en el futuro

El futuro de Alfredo Padrón se dibuja como una etapa de madurez y consolidación, tanto personal como profesional. Tras años de lucha, reinvención y adaptación, ha encontrado en la docencia un espacio de estabilidad que le permite seguir contribuyendo al desarrollo cultural y educativo de su entorno. Su rol como coordinador académico en una universidad dominicana no solo le ha ofrecido arraigo institucional, sino también una plataforma desde la cual impulsar proyectos con impacto, como la mejora curricular y la creación de un festival de cine universitario. Su visión es clara: fortalecer las nuevas generaciones de creadores en el país que lo acogió.

Sin embargo, más allá del aula y la gestión académica, Alfredo acaricia un anhelo más íntimo: reencontrarse con la fotografía desde lo personal. Su deseo de culminar esta etapa de responsabilidades administrativas apunta a una transición hacia un tiempo más libre, donde pueda volver a crear desde la emoción, desde la calma, desde sí mismo. La fotografía, aunque relegada por el deber, sigue viva en su imaginario, esperando ese respiro que le permita florecer de nuevo en forma de proyectos propios.

En términos migratorios, su proyección está anclada en la permanencia. Se siente profundamente agradecido con República Dominicana y no contempla otro destino. Su arraigo no es sólo geográfico, sino afectivo y simbólico: en este país se siente valorado, comprendido y en casa. Aunque reconoce las limitaciones del sistema migratorio, su esperanza está puesta en la posibilidad de que su familia logre una estabilidad definitiva. A su edad, no busca comenzar de nuevo, sino cuidar lo construido y acompañar desde la experiencia.

Así, el futuro de Alfredo no es uno de grandes giros, sino de siembra serena y cosecha justa. Se perfila como un mentor, un formador de generaciones, un fotógrafo que regresará al lente con otra mirada: la del hombre que supo migrar sin renunciar a su esencia, y que encontró en la educación y la cultura una forma luminosa de pertenecer.


Imágenes: AVA.
Música: Luz que no se apaga. JMR01, 2025 (Cortesía).
Video: Febo.

Mi nombre es Alfredo Padrón, soy fotógrafo venezolano y residente en la República Dominicana.

¿Qué circunstancias te llevaron a emigrar y cómo fue tu experiencia inicial?

Las circunstancias fueron quizá de carácter económico. Tengo que ser preciso en esto: a mí nadie me estaba persiguiendo ni nadie me estaba acosando, pero cada día nuestra situación económica como núcleo familiar era más precaria.

De hecho, nosotros vivíamos inicialmente mi esposa, mi hija y yo en la capital de Venezuela, y nos mudamos hacia el oriente venezolano, hacia Puerto La Cruz. Entonces la sustentabilidad económica se hacía cada día más difícil. Llegó un momento en que empezamos a vivir de nuestros ahorros. Yo tuve que tomar un empleo extra porque ya como fotógrafo, al haberme mudado de Caracas, no tenía un mercado de trabajo. Tuve que empezar a hacer bodas, eventos, y ya no me alcanzaba con eso, así que me empleé como manager de un restaurante italiano.

Eso llevó a que con el tiempo, mis jefes me propusieran emigrar a Panamá para encargarme de una fábrica envasadora de tomates. Incluso me hicieron viajar a Panamá para que viera la situación y constatara si me interesaba y si estaba dispuesto a vivir en un ambiente como ese.
Yo ya conocía Panamá, pero insistieron en que fuera de nuevo. Estuve allá, pero por diferentes circunstancias la empresa nunca se constituyó, no consiguieron los proveedores de materias primas. Cuando conseguían uno, el otro se retiraba, y finalmente no se hizo el negocio.

A esas alturas nos comíamos el dinero de nuestros ahorros, los dólares que teníamos guardados, y en un momento determinado le dije a mi esposa: “Mira, o nos vamos ahora o nos terminamos de comer la plata y no podemos salir nunca más de aquí”.

Yo viví cinco años estudiando en Rumanía y sabía muy bien qué era lo que se nos venía encima. Estoy hablando del 2016. Entonces tomamos la decisión de viajar a este país porque conocíamos a un par de personas y sabíamos que no necesitábamos visa para entrar. Esas fueron las circunstancias en las que tuve que emigrar.

¿Qué recuerdos de tu vida antes de emigrar consideras más significativos?

Obviamente, las interacciones con el grupo familiar.

Provengo de una familia grande, somos ocho hermanos que solíamos reunirnos siempre en fechas especiales: la Navidad, los cumpleaños de mi madre —que llegó hasta los 98 años de edad—. Eran momentos muy gratos: compartir con los sobrinos, los nietos de mi mamá, nuestros hermanos, cuñadas, cuñados… Son cosas que se extrañan muchísimo, al punto de que ya ni siquiera todos los que participaban en esos encuentros están con vida. Se han ido yendo, y eso es una de las cosas que más se extrañan.

¿Cómo describirías el impacto de tu lugar de origen, Venezuela, en esta sociedad donde vives, y en tu identidad como fotógrafo?

Bueno, eso siempre impacta de alguna manera. Sin embargo, no te puedo precisar que yo tenga una manera de fotografiar por el hecho de ser de donde soy, porque me formé en Rumanía, en Bucarest, en una escuela de cine como fotógrafo de cine. Esa pasantía por esa escuela me influyó mucho en mi manera de concebir la luz. Me especialicé más que todo en iluminación artificial, y la manera como ilumino está claramente influenciada por la huella de la escuela rumana de iluminación.

¿Qué elementos culturales de Venezuela llevas contigo siempre?

La música y la gastronomía. Tengo un cuatro, soy ejecutante del cuatro, aunque no a nivel profesional. Y cocinar siempre fue una predilección para agradar a mis seres queridos, a mi familia más próxima. Eso tiene una gran influencia, pero se ve muy limitada porque uno de los ingredientes principales que usaba en mis comidas en Venezuela era el ají dulce, que aquí no hay.

¿Cuál ha sido el desafío más grande que te ha tocado enfrentar como fotógrafo migrante?

El más grande fue la imposibilidad de trabajar al principio por la carencia de credenciales migratorias. En la mayoría de las empresas te solicitaban el número de cédula para poderte pagar, y entonces la gente rechazaba tener que trabajar contigo por ese problema, porque no te podían facturar. En otros casos, te pagaban “por debajo de la mesa” con el consabido descuento.

¿Cuánto tiempo tienes viviendo en República Dominicana?

Ya tenemos ocho años.

¿Cómo ha influido toda esa experiencia migratoria en tu forma de crear?

Cuando entras a migrar a otro país, te pones en modo supervivencia. Primero no tienes trabajo, y empiezas a comerte el poco dinero que tienes. Eso influye mucho en lo que tomas, en lo que rechazas. Además, había una gran muralla de contención para que los venezolanos pudiésemos trabajar en la industria cinematográfica de aquí. Migraron muchos venezolanos con mucha experticia en técnica cinematográfica, que comenzaron, por no tener papeles, a trabajar con tarifas más bajas. Eso generó una resistencia con los técnicos locales, y a los últimos que íbamos llegando se nos cerraban más puertas.

Entonces decidí asumir una posición en la cual pudiera darle bienestar a mi familia sin traumas de ese tipo. Me dediqué a la educación. Todo lo que hago fotográficamente hablando ya es un tema personal. Dejé de tomar fotografías por trabajo. Ahora soy coordinador académico de dos carreras en una universidad, y eso me garantiza estabilidad. Por cierto, cada vez tengo menos tiempo para ejercer la fotografía.

¿Qué diferencias encuentras entre Venezuela y República Dominicana en el área de la fotografía?

Aquí hay mucho entusiasmo por la fotografía. Se hace una bienal de fotografía e históricamente hay figuras muy importantes. Pero siento que en las nuevas generaciones estamos un poco más flojos en cuanto al desarrollo de proyectos fotográficos de gran densidad o profundidad temática.

Has vivido en Rumanía, has ido a Panamá, regresado a Venezuela, y ahora vives en República Dominicana. ¿Cómo percibes tu historia personal como migrante en comparación con la de otros migrantes?

No podría establecer comparaciones, porque me siento particularmente afortunado.
Llegué con una cierta cantidad de dinero, y lo enfoqué en un objetivo: entrar a trabajar en Altos de Chavón, en la Escuela de Diseño, donde se impartía cine y fotografía. Empecé a diligenciar esa entrada y cuando ya casi no me quedaba dinero, me llamaron. Mi primer sueldo aquí fue por encima de la media de lo que gana cualquier migrante.

Después de la pandemia, eso se vio afectado, y fue cuando decidí ir a INTEC. Entendí que en Chavón, por su modelo, nunca iba a pertenecer. Siempre se contratan profesores por horas, sin compromiso a largo plazo. La universidad era el sitio donde podía tener mayor arraigo. Después de cinco años, pasé de ser profesor por asignatura a ser profesor pleno, a tiempo completo, con otro tipo de estabilidad y beneficios. No me puedo comparar con la mayoría de migrantes que llegaron aquí.

¿Ahora, en esta nueva etapa como docente, qué sueñas lograr?

Quiero levantar el nivel de las carreras. Tenemos la carrera de Comunicación Social y Medios
Digitales, que es poco conocida, a pesar de que es la mejor oferta en la República Dominicana.
Uno de mis grandes objetivos es promocionar mejor esta carrera para que ingresen más estudiantes, porque la matrícula está baja.

También quiero crear un festival de cine universitario para INTEC, que no existe aún, pero que debería existir. Tenemos el mejor currículo de escuela de cine y los mejores profesores ligados a la industria. Otro objetivo es realizar una mejora curricular ahora que se avecina una reforma.

Como fotógrafo, ¿si pudieras crear algo que simbolice tu futuro, cómo lo describirías?

Me gustaría culminar esta etapa como coordinador y tener más tiempo para realizar proyectos personales fotográficos. Ese es el futuro que yo vería.

¿Te ves en República Dominicana por un tiempo extenso?

Sí. Siempre le digo a mi esposa que este fue el mejor lugar al que podíamos emigrar.
Aquí nos sentimos apreciados, queridos como venezolanos —cosa que no sentí, por ejemplo, en Panamá—. Nos sentimos identificados con la idiosincrasia de la gente. Prácticamente no nos sentimos extranjeros, salvo por la certeza de que la situación migratoria siempre es precaria: hay que renovar y renovar. Nunca tienes algo definitivo, aunque se vislumbra que eso cambiará. Lo veo más que todo para mi familia. Yo tengo 67 años, pero sí, nos sentimos muy bien acá. Espero que no ocurra ninguna circunstancia que nos obligue a irnos de aquí.

Imágenes: AVA.