Vidas en tránsito
Chuli Herrera
“Quiero darme más espacio a mi sinceridad como persona, a sentir esa sangre en el lienzo como la siento al ver un Rembrandt.”
Artista Visual.
Cubano.
Reside en Madrid, España.
Foto: Nathalie Sayago
Chuli Herrera es un artista visual cubano cuya trayectoria migratoria no estuvo marcada por una decisión planificada, sino por una cadena de circunstancias fortuitas. En 2014, salió de Cuba por motivos profesionales, realizando viajes frecuentes ligados a su obra artística. No fue hasta una residencia en Europa, mientras se encontraba en Berlín y luego en España, que recibió inesperadamente una beca para realizar un máster. Este hecho lo obligó a quedarse en Madrid y comenzar una nueva vida desde cero, sin haberlo contemplado antes. La experiencia inicial de migrar fue abrupta, sin preparación emocional, y lo enfrentó con una realidad distinta, cargada de incertidumbre, adaptación y soledad.
Los recuerdos que Chuli guarda con mayor fuerza son profundamente humanos: los abrazos, las muertes, el café compartido en familia, y el descubrimiento del arte como un destino no buscado, sino revelado a través de vivencias espontáneas. Su entrada al mundo del arte, inicialmente sin aspiraciones concretas, fue transformadora. Al experimentar una emoción tan intensa frente a una obra, comprendió que el arte sería su camino. Esa revelación se convirtió en una pasión que, aunque marcada por momentos de duda, le dio sentido a su vida y a su obra. El arte, para él, se volvió una forma de habitar lo emocional, incluso en la distancia.
Aunque no se reconoce explícitamente como un creador anclado a lo cubano, Chuli lleva consigo una carga emocional y cultural que inevitablemente se filtra en su trabajo. Su formación se nutre del legado de los grandes maestros europeos de la pintura, lo que imprime a su obra un carácter deudor del pasado, en diálogo constante con lo clásico. Sin embargo, admite que su proceso creativo también ha sido trastocado por el duelo migratorio. Esa experiencia, lejos de inspirarlo de inmediato, generó una pausa: una etapa de silencio y desconexión con la pintura, de introspección forzada por la soledad y el desarraigo, pero también fértil para un nuevo despertar.
Hoy, Chuli se encuentra en un proceso de reconstrucción. La migración le permitió acceder a espacios como el Museo del Prado, donde ha podido confrontarse con su historia artística y absorber referentes con intensidad. Esta vivencia le ha abierto nuevas posibilidades para una obra más honesta, más visceral. Su anhelo es reencontrar la sinceridad en el lienzo, despojado de imposiciones externas, y plasmar en su pintura la misma emoción que siente frente a un Rembrandt. Su historia es la de un artista que, tras el duelo y la distancia, decide volver al origen con nuevos ojos, decidido a transformar la pérdida en potencia creadora.
Pasado, presente y futuro
Imágenes: AVA.
Chuli Herrera
El futuro de Chuli Herrera se vislumbra como un proceso de maduración artística profundo y sincero. Tras haber atravesado el silencio creativo que impone la migración y haber sobrevivido al duelo del desarraigo, se encuentra ahora en una etapa de renacimiento. Su experiencia en España, especialmente su contacto continuado con el arte clásico europeo y su formación académica, están nutriendo su lenguaje plástico con nuevas herramientas y sensibilidades. Todo apunta a que su obra tomará un rumbo más íntimo, honesto y emocional, con una estética cada vez más cargada de sentido y menos condicionada por expectativas externas.
Su proyección no es tanto una carrera ascendente en términos de visibilidad o mercado, sino un viaje hacia una pintura más verdadera, más encarnada. El hecho de haberse reencontrado con el deseo de montar lienzos y oler la linaza sugiere un compromiso renovado con el acto mismo de crear. Este impulso, alimentado por la introspección y la distancia, puede derivar en una producción potente, enraizada en la emoción y en una búsqueda de autenticidad estética y personal.
Chuli está en condiciones de construir una obra que dialogue con los grandes maestros, pero desde su lugar singular de artista migrante, marcado por la herida y la contemplación. Su futuro parece orientado a consolidar una voz propia, con una pintura que no sólo recupere lo aprendido, sino que lo transforme en una narrativa nueva. Un arte de frontera, de memoria y de piel. En esa sinceridad que él mismo reclama, se encuentra la clave de su porvenir creativo.
Imágenes: AVA.
Música: La linaza y el duelo. JMR01, 2025 (Cortesía).
Video: Febo.
Soy Chuli Herrera, artista visual cubano…
Me perdí.
¿Qué circunstancias te llevaron a migrar y cómo fue esa experiencia inicial?
La migración para mí no fue algo planeado. Desde que dejé Cuba en el 2014, hace diez años, he estado viajando por motivos de mi trabajo artístico, y nunca ha estado en mi mente emigrar, migrar, sentirme lejos de mi casa, de mi país.
Pero por condiciones ajenas a mí vine a Europa a hacer una exhibición en Berlín. Y estando acá. Ya había aplicado hace unos meses atrás a una beca para un máster, y estando justamente en España me llega la confirmación de que me entregan la beca y todo cambió.
O sea, en un clic, y sin haber salido de Cuba y sin haberlo planeado, tuve que quedarme y asentarme en Madrid. Comenzar una vida de cero sin haberla planificado.
¿Qué recuerdos de tu vida son más significativos?
Un abrazo. Las muertes. Ahora mismo, creo que por la admiración, el abrazo de mi madre.
Tomar café con mi familia.
La primera vez que comencé a pintar en óleo, cómo comencé en el mundo del arte sin quererlo, también sin planear ser artista. La vida, entre una cosa y otra, me puso en metas que definieron que iba a ser artista. Y comenzó la pasión por el arte de manera muy esporádica, o sea, por circunstancias ajenas a mí. Y cuando lo comprendí, comencé a sentir el arte completamente de una manera distinta. Comencé a llorar, comencé a entender el arte, y eso hizo que llorara frente a una obra de arte. Eso cambió mi vida por completo.
¿Qué elementos culturales de tu país de origen llevas contigo en tu obra?
Creo que una de las cosas que ha marcado mi trabajo es que no está arraigado a algo en específico. Obviamente, por ser cubano y hacer una obra, debe haber un vínculo con mi tierra, con mi manera de entender. Pero creo que la comprensión del arte para mí ha ido más allá del contexto. Comprender e idolatrar a los grandes maestros de la pintura fue algo que me ha ido enamorando.
Siempre he generado una obra que es deudora del pasado, principalmente de Europa. Pero aún no soy consciente de algo, un símbolo, algo que marque mi obra con respecto a mi contexto cubano. Si mi obra está marcada por un contexto emocional, puede que esté marcado por un contexto territorial.
¿Cuál ha sido el desafío más grande que te ha tocado enfrentar como artista migrante?
Adaptarme en la lejanía. Estar solo, sentirme solo. Y plantearme comenzar a pintar de nuevo.
¿Cómo ha influido tu experiencia migratoria en la forma de crear arte?
La migración lo que ha hecho inicialmente es pasar… migración desde el punto de vista como obra física. Ha modificado mi manera de pensar, mi manera de reflejar mi trabajo en mi mente.
El máster me ha ayudado a estar involucrado en el arte. Pero el duelo de la migración ha hecho una pausa creativa en mí, en la cual ya estoy rompiendo.
Estoy comenzando a pintar de nuevo, oliendo la linaza de nuevo, montando lienzo nuevo. Creo que la migración lo que ha hecho es eso: una pausa de duelo, de pensamiento. Y estoy comenzando ahora a replantear el futuro.
¿Sientes alguna diferencia entre el contexto artístico de Cuba y el lugar donde ahora vives (España)?
Creo que en Cuba, principalmente, como era mi contexto, tenía todo controlado y sabía hacia dónde quería ir. Antes de emigrar, ya había migrado de mi ciudad natal, Camagüey, a La Habana, en donde estuve cinco años antes de venir hacia acá, y me adapté muy rápido. Conocía a las personas, la manera de actuar, de trabajar, de presentar mis proyectos en espacios y galerías.
Acá, en cambio, es la soledad. Es sentirte ajeno a un contexto, sentir que ese contexto no te pertenece. Creo que es algo que ahora mismo siento, y que creo que todo migrante podría sentir. En lo personal, te cuesta dar ese paso, ese “hola” o esa manera de presentarte.
¿Cómo percibes la relación entre tu historia personal como migrante y la historia de otros migrantes?
Creo que mi manera de entender la migración no la comprendí hasta hace poco, porque para mí no había migrado. No era un sentido de mi vida migrar, y me pasé meses sin entenderlo como una migración. Hasta que, luego de charlar con amigos, luego de entenderme y entender la depresión que estaba viviendo por ese espacio nulo de creación, comprendí que era una resaca de la migración. Eso me hizo entenderla y ahora poder aplazarla, retirarla de mi futuro para comenzar a crear. Porque esa incomprensión creo que fue lo que me hizo daño inicialmente.
¿Qué esperas lograr con el arte en este contexto actual?
Literalmente, sentirme vivo. Comenzar a generar obras. Sentir lo que sentí hace poco en una exhibición: ver mi obra colgada en un espacio galerista, en una pared. Y sentir, literalmente…
Una de las cosas que me ha dado la migración es poder ir al Prado más de veinte veces, pasarme cuatro horas solo en una sola sala y consumir ese arte por el cual mi obra era deudora. Y ahora siento que todo eso le está agregando información a mi trabajo. Creo que todo eso va a generar una obra más inmediata, más sentida para mí.
Si pudieras crear una obra que simbolice lo positivo, ¿cuál sería?
Creo que lo ideal sería una obra encontrando más la sinceridad dentro de mí.
Todo artista quiere ser sincero, pero siempre hay agentes externos que empañan o permean un discurso determinado. Creo que este duelo que he pasado y esta manera de entender la pintura, y el máster, me están ayudando mucho a involucrarme en este contexto. Quiero que este contexto alimente mi ahora, mi manera de crear. Pero quiero darme más espacio a mi sinceridad como persona, a sentir esa sangre en el lienzo como la siento al ver un Rembrandt. Y hacer con mi obra aún más de lo que lo he hecho.
Imágenes: AVA.









