Vidas en tránsito

El Gaba

“Yo digo que soy hacedor, porque soñar es otra cosa.”

Artista visual.
Venezolano.
Reside en Barcelona, España.

Foto: Nathalie Sayago

El Gaba es un artista visual venezolano que actualmente reside en Barcelona, España, donde también ha adquirido la nacionalidad. Se define como un ensayista de la imagen, alguien que se aproxima a lo visual desde una inquietud profunda y visceral, buscando siempre la manera más honesta y prudente de abordar su práctica artística. Su tránsito migratorio no obedeció a una planificación estructurada, sino a una necesidad vital: la situación insostenible en Venezuela lo llevó a tomar una decisión radical que, inicialmente pensada como temporal, terminó extendiéndose por más de seis años. Durante este tiempo, ha transitado una transformación personal y profesional que lo ha hecho reencontrarse con una de sus pasiones fundamentales: el cine.

En su relato se percibe una relación afectiva y contradictoria con sus orígenes. Aunque nunca se consideró familiero, el distanciamiento de sus padres ha calado hondamente en su identidad emocional. Recuerda con especial cariño una casa que construyó con esfuerzo, no solo como espacio físico, sino como núcleo afectivo donde confluían amistades, música, cine y encuentros entrañables. Esa casa, convertida en símbolo, es una huella sensible de su vida pasada, un ancla emocional que aún resuena con fuerza en su memoria. A través de estos recuerdos, El Gaba visibiliza cómo la migración no sólo desplaza cuerpos, sino también reorganiza vínculos, deseos y maneras de estar en el mundo.

Su identidad venezolana, si bien no ha sido un emblema consciente en su obra, ha emergido en su escritura y en ciertos códigos estéticos. Sin embargo, se resiste a usarla como un elemento explícito, prefiriendo ser simplemente él mismo, con la convicción de que en esa autenticidad también se manifiesta su origen. El proceso migratorio, según cuenta, ha sido una montaña rusa: momentos de dificultad extrema, pérdidas simbólicas, pero también instantes de lucidez, alivio y privilegio. La anécdota que cita sobre Wittgenstein —el recuerdo del dolor infantil por unos zapatos pequeños— le sirve para ilustrar la relatividad del sufrimiento y la profunda subjetividad de lo vivido.

Hoy El Gaba se define como hacedor, no como soñador. Cree en el hacer como forma de existencia, como impulso vital que le permite conectar su presente con el pasado y proyectar hacia el futuro. Su reencuentro con el cine no es casual, sino consecuencia de un proceso de búsqueda, pérdida y reconexión. Lejos de simbolismos grandilocuentes, afirma que en cada obra —sea pictórica, audiovisual o performática— está contenido su porvenir. Su apuesta está en el presente como tejido entre tiempos, en el arte como lugar donde puede seguir siendo, seguir haciendo y, sobre todo, seguir mirando hacia esa luz que, como decía Benjamin, se vislumbra en medio de la oscuridad.

Pasado, presente y futuro

Imágenes: AVA.

El Gaba

El futuro de El Gaba se perfila como una expansión profunda de su universo creativo, anclado en la autenticidad, la introspección y el deseo de seguir haciendo. Su reencuentro con el cine no solo representa una vuelta a sus orígenes audiovisuales, sino también una declaración de intenciones: quiere dedicarse con más fuerza a este lenguaje que le permite pensar el tiempo, narrar desde la imagen y construir sentido en movimiento. Con una mirada serena pero decidida, parece orientado hacia una práctica más libre, menos ansiosa, donde el hacer prevalece sobre las expectativas externas.

En un mundo saturado de ruido, El Gaba cultiva el silencio como lugar fértil. Su carácter meditativo, lejos de aislarlo, le permite conectarse de manera más profunda con los procesos creativos y con su entorno. Es probable que su obra futura continúe fluyendo entre disciplinas, entrecruzando lo pictórico, lo escrito, lo performático y lo cinematográfico, siempre con una sensibilidad que no busca representar lo venezolano como bandera, sino como pulso íntimo e ineludible. Más que perseguir un destino concreto, El Gaba habita la incertidumbre con la confianza de quien ha aprendido a caminar entre pérdidas.
Su obra será, posiblemente, cada vez más híbrida, expandida y transfronteriza, no sólo en términos geográficos, sino también conceptuales. El futuro no lo obsesiona, pero sí lo atraviesa: está en cada trazo, en cada encuadre, en cada gesto. Él no lo nombra, pero lo presiente, lo encarna. Y como artista contemporáneo, su visión se alinea con aquella idea de Benjamin: leer la luz en la oscuridad. Su porvenir no se construye desde el anhelo, sino desde el hacer persistente. Por eso, donde haya imagen, habrá Gaba.


Imágenes: AVA.
Música: Ensayo de la luz en la oscuridad. JMR01, 2025 (Cortesía).
Video: Febo.

Soy El Gaba

Yo digo que ensayo la imagen porque es lo que me moviliza y accedo a ella de la manera que me parezca prudente y que me sienta capaz de hacerlo.

Soy venezolano, vivo en Barcelona, España. Estoy nacionalizado español.

Además del arte puramente, digamos que el cine es mi otra pasión por igual.

Siempre me había seducido la idea de vivir afuera. Mi pensamiento era vivir un rato afuera, no era otra cosa. ¿Y por qué? Bueno, porque lo quería hacer. Quería tener esa experiencia.

Y finalmente, lo que me llevó a tomar la decisión y hacerlo de la manera que lo hice fue que la situación en Venezuela para mí era insostenible. Digo para mí, sabiendo que para muchísima gente también, pero solo quiero hablar de lo personal. En este caso, era insostenible y tomé una decisión radical.

Entonces, lo de irme un rato afuera… ese rato ahora ya lleva unos cuantos años y no sé qué pasará luego, no me lo planteo mucho tampoco.

¿Cuántos años fueron?

Tengo seis años exactamente ahora.

¿Qué recuerdas de tu vida anterior, y en el tono que sea más importante?

A ver… esto quizá no es un recuerdo propiamente, sino… hay algo ahí con mis padres que creo que es lo que más profundamente me toca. Nunca he sido muy familiero, y con mi padre es una relación muy buena, pero muy particular, porque somos una familia muy particular.

Y de repente, eso es lo que más me toca: la necesidad de estar cerca de mis padres.

Ahora, recuerdos propiamente… bueno, los momentos maravillosos con las amistades, de escuchar la música de toda la vida, hablar de las películas. Y una casa fantástica que, con mucho trabajo, logré tener y la viví fantásticamente. Pero además, porque era un punto de encuentro con la gente querida. Ese es un recuerdo muy puntual. Esa casa como el impacto… una marca en mi identidad.

Yo, el hecho de ser venezolano, la verdad que nunca me lo había planteado como algo consciente a la hora de manifestarme, sea con el arte o con cualquier otra cosa.

Creo que ahora es cuando quizá esté comenzando eso a tomar forma. Tampoco tanto en la conciencia, porque, a ver, uno es lo que es. No es algo que yo esté trayendo mucho a propósito o pensando que algún resultado mío se deba a mi identidad. Lo que sí me gustaría apuntar aquí es que todos vivimos, por supuesto, el tema migratorio.

¿Cómo ha influido tu experiencia migratoria?

Yo creo que son procesos individuales. Y hay un periodo que algunas personas viven —en mi caso fue así— en el que algunas cosas se desvanecen y otras comienzan a tomar forma propiamente.

¿Pero algunas cosas se desvanecen que tienen que ver con tu identidad?

Bueno… porque no sabes lidiar bien con lo que te estás encontrando. Y en mi caso particular, estaba muy marcado el no saber lidiar con lo que me estaba encontrando. Pero realmente, con lo que no sabes lidiar es con cómo andar habiendo perdido muchas cosas que crees que te identifican.

Y bueno, una situación difícil, no ya socioeconómicamente.

Entonces, quizá ahora es cuando he tomado conciencia más de mis características como venezolano, simplemente de ver —más que reivindicar— tener ahí enfrente esto: “Esto soy, esto porque es lo que he sido, es lo que me ha formado”. Entonces por ahí, por ahí es por donde podría venir esto.

Antes, cuando estaba más concentrado en la pintura —que incluía mucho la escritura— había un elemento que creo que es muy venezolano. Cuando escribía, había algo muy de mi forma de ser, pero que se destacaba mucho. Esa era la identidad. Hoy en día, la verdad, no lo creo.

Yo lo que trato de ser es yo. Y creo que eso es lo que a veces hace las cosas un poco más universales. Pero bueno, tampoco me detengo a pensar en eso. Es tratar de ser yo, lo más yo posible. Y en la medida en que sea yo —que soy venezolano— pues algo de eso se verá. Pero no lo busco.

¿Cuál ha sido el desafío más grande?

El desafío más grande, sin duda alguna, ha sido el tema económico. Tener acceso, quizás más porque uno está apegado a una forma de vivir, y de repente entender cuál es la manera, que no necesariamente sea tener lo mismo, sino cómo sentirte de nuevo tranquilo y relajado. Ese ha sido el mayor desafío.

¿Cómo ha guiado tu experiencia migratoria tu trabajo?

Por un lado, tener una vida que ya traía un poco, con cierto carácter meditativo, ha hecho que me tranquilice mucho, que me aplane y que me relaje. Y no tengo ansiedad.

Lo primero en el trabajo expresivo es que me he liberado de ansiedades de cualquier tipo. He estado más dedicado últimamente al cine, por decirlo de alguna manera, y digamos que por ahí he canalizado ese último pensamiento.

El cambio quizás sea por ahí. Porque yo vengo del mundo audiovisual inicialmente, hasta que me encuentro de lleno con el arte. Y comencé a abandonar el audiovisual por las razones que sean. Y estar acá, de alguna manera, ha hecho que yo me reencuentre —e incluso con más fuerza— con lo audiovisual, con el cine. Incluso al que yo había rozado, pero estaba más dedicado a lo comercial, a otra cosa.

¿Te sientes privilegiado?

No termino de entender cómo en esto me siento privilegiado… pero sí, es una montaña rusa. Porque sí que he tenido momentos muy difíciles, muy duros. Pero a la vez, incluso en esos momentos, a veces siento que soy privilegiado.

Esa realidad hoy en día es más palpable. Miras al lado, escuchas a otras personas y te da vergüenza lamentarte cuando ves otras cosas y dices: esto sí es una tragedia. Y te das cuenta de que tú…

Pero no quiere decir que… bueno, cada quien lleva sus penas y sus dolores, ¿no?

Hay una anécdota muy interesante, no sé hasta qué punto sea cierta. Cuando Wittgenstein estuvo escondido en un sótano, padeciendo hambre y todo esto —y sabiendo que venía de otra clase de vida—, supuestamente dijo que ese sufrimiento le recordaba cuando una vez, de niño, le habían comprado unos zapatos más pequeños de su talla. Él dijo que le quedaban bien solo porque los quería. Y el dolor fue tan fuerte esa vez, que ahora pensaba que había sufrido tanto como cuando usaba esos zapatos. Eso habla de la relatividad del sufrimiento. Hay un sufrimiento y una alegría que seguro es igual para todos. Pero después entra este campo de que cada quien tiene su manera de llevar la vida.

¿Qué te impulsa a crear?

A mí no me gusta pensarme como soñador. No me va eso. Yo digo que soy hacedor. Porque soñar es otra cosa. Sueño cuando estoy realmente dormido, y ese es un proceso biológico que se define como sueño. Del resto, soy hacedor.

Y porque quiero hacer más adelante lo que siempre he hecho. Con recursos o sin recursos, o con diferencia de recursos, es hacer, hacer y hacer.

Y estoy muy emocionado con este nuevo encuentro con el cine. Seguiré haciendo obra, sin duda. Y quiero hacer mucho cine, mucho más cine. Estoy entregado a eso.

Las cosas no están saliendo mal. Y hay una fortuna: lo que he hecho hasta ahora lo he podido vincular con ambas cosas.

Si pudieras crear una obra que simbolice tu futuro ¿Cuál sería?

No me plantearía hacer nada que simbolice mi futuro. Es que… Giorgio Agamben hablaba de lo contemporáneo y decía que un verdadero contemporáneo es aquel que es capaz de percibir la luz dentro de la oscuridad de su contexto.

Cuando creas, o te dedicas al arte o a distintas manifestaciones artísticas, siempre tu futuro está ahí. Hay algo que tú estás viendo que otros no ven. No porque seas maravilloso sobre los demás —otros verán cosas que tú no ves—, pero el caso es que eso implica un más allá, que está adelante. Además, conectado con el presente y el pasado, pero que está más adelante, que es futuro.

Entonces yo no lo plantearía, pero sé que está ahí. En cualquier obra audiovisual, pictórica o performática que uno haga, ahí está el futuro. Es capaz que haces una revisión de trabajos y encuentras una historia, algo que te guía, un futuro que está ahí y que quien lo hizo no lo vio. Estaba en el pasado, en el presente…

¿El presente?

Sí, definitivamente. Pero es que no hay otra manera. Y el presente no es posible sin las dos cosas. Porque el presente está formado por el pasado y lo vives… lo vives siempre con el siguiente paso. Lo que vas haciendo lo enlazas con el siguiente paso. De alguna manera, cuando sales a comer, no has comido, pero dices: “voy a ir a comer a…” y tienes la expectativa de encontrarte quizá a alguien en esa comida. Simplificando las cosas, pero es que no hay otra manera de asumirlo. Vivir el presente.

Imágenes: AVA.