Vidas en tránsito
Julio Pacheco Rivas
“Es esa especie de respirar que se da todo el tiempo en relación con la obra.”
Artista Visual.
Venezolano.
Reside en Paris, Francia.
Foto: Nathalie Sayago
Julio Pacheco Rivas es un artista visual venezolano cuya trayectoria está profundamente marcada por su país de origen y por una constante búsqueda de libertad creativa. Desde joven, Venezuela le ofreció un espacio fértil para el desarrollo de su obra: comenzó a trabajar desde niño y obtuvo reconocimiento a una edad temprana, exponiendo en museos y formando parte de importantes colecciones. Sin embargo, con el paso del tiempo, las circunstancias políticas del país y la necesidad de continuar su investigación artística sin las ataduras del mercado local lo impulsaron a migrar. Esta decisión fue también una manera de romper con las expectativas impuestas por una trayectoria ya consolidada, en busca de nuevos lenguajes y posibilidades de expansión.
Su destino fue Francia, un país con el que ya tenía una historia previa. Vivió allí durante los años setenta y ochenta, y al regresar —siete años antes de la entrevista— retomó vínculos, espacios y una red que le permitió continuar su obra con mayor libertad. En este segundo exilio, ya no hubo becas ni asistencia estatal como en su juventud: ahora vive de lo que produce, enfrentando los desafíos propios de un artista independiente. La migración, lejos de limitarlo, le abrió un campo de exploración más amplio. Aunque Francia no le ofrece el mismo reconocimiento que Venezuela, esta “invisibilidad” ha sido también una oportunidad para reinventarse, para despojarse de etiquetas y experimentar con mayor desparpajo.
Su obra, en constante evolución, ha transitado del lenguaje abstracto hacia un interés creciente por la arquitectura y los volúmenes. En ella, aunque no hay referencias evidentes a su nacionalidad, flota de manera sutil una influencia de su origen: la experiencia de haber crecido en una ciudad en construcción, una urbe moderna aún en gerundio, ha dejado una marca inconsciente que se manifiesta en sus espacios habitados y en su percepción del tiempo y el cambio. Pacheco no se detiene en un solo camino, sino que abraza la multiplicidad de rutas posibles dentro de su lenguaje, desafiando el paso del tiempo con cada obra nueva.
La creación es para él un acto cotidiano y vital. Su obra le da sentido a sus días y lo alimenta espiritualmente. Lejos de ver el arte como un medio para alcanzar la fama o la consagración, lo concibe como un proceso íntimo, como una respiración constante que lo conecta con su esencia. Aunque la nostalgia por Venezuela es permanente, también reconoce que muchas veces idealizamos el pasado y que los retornos no siempre cumplen las expectativas del recuerdo. Julio Pacheco Rivas es, en ese sentido, un artista entre dos tierras, consciente de su desarraigo, pero también enriquecido por él, encontrando en la cocina, en el arte y en la vida misma nuevas formas de pintar, de estar, y de seguir haciendo.
Pasado, presente y futuro
Imágenes: AVA.
Julio Pacheco Rivas
El futuro de Julio Pacheco Rivas se vislumbra como una continuidad lúcida y valiente de su trayectoria, marcada por la libertad, la experimentación y una fidelidad profunda a su lenguaje interior. Lejos de conformarse con lo logrado, Pacheco parece impulsado por una urgencia creativa que lo mantiene en constante movimiento. Su deseo de no quedar encerrado en una sola línea estética y su apertura a explorar nuevas formas dentro de su lenguaje apuntan a una madurez artística que no se agota, sino que se reinventa. Su futuro será probablemente un espacio de síntesis entre rigor y juego, donde lo arquitectónico, lo simbólico y lo vital seguirán dialogando.
A pesar de los desafíos económicos que implica vivir del arte en el extranjero, su determinación sugiere que seguirá desarrollando proyectos con profundidad conceptual y belleza formal. Más que buscar grandes reconocimientos, su mirada está puesta en el acto mismo de crear: una práctica cotidiana que alimenta su ser y da sentido a sus días. Esa constancia silenciosa es, en sí misma, una forma de resistencia y de permanencia.
En este sentido, su obra futura no será tanto una ruptura como una expansión. La experiencia migratoria, el desarraigo y la nostalgia operan como capas que enriquecen su mirada, brindándole nuevos matices y texturas al discurso visual que ha venido construyendo por décadas. Julio seguirá, seguramente, dejando huellas sutiles pero firmes en el entramado del arte contemporáneo, sin estridencias, con la fuerza serena de quien ha elegido el arte como forma de vida y como territorio de libertad.
Finalmente, su porvenir se construye como un tejido íntimo entre lo cotidiano y lo trascendente. Consciente del paso del tiempo y del valor de cada jornada en el taller, su arte seguirá respirando, mutando y hablando por él, más allá de las fronteras y los contextos. Su futuro no es una meta fija, sino un flujo continuo, una obra abierta que se despliega en la medida en que él sigue, día a día, pintando su lugar en el mundo.
Imágenes: AVA.
Música: Habitar el Fundido. JMR01, 2025 (Cortesía).
Video: Febo.
Julio Pacheco Rivas, artista visual venezolano.
¿Qué circunstancias te llevaron a emigrar y cómo fue esa experiencia inicial?
Bueno, primero la situación política y, de alguna manera, también la posibilidad de exponer mi obra, de proyectarla… Fue un conjunto de circunstancias, porque está la cosa política por un lado, pero también está el hecho de querer yo continuar mi investigación con cierta libertad. En el sentido de que uno, ya con una trayectoria en un país determinado como Venezuela, pues esa trayectoria te pesa, te presiona un poco para encasillarse. Porque hay un fenómeno de mercado, hay como unas referencias hechas y uno, pues, quiere seguir haciendo cosas nuevas y mostrarlas, y mostrarlas cada vez más y cada vez mejor.
Eso, unido a la situación política, me hizo decidir salir. Y salir a Francia, que es un país en el que ya yo tenía unos antecedentes. Pues yo viví aquí en Francia en los años 70 y 80, durante once años, y ya tenía unas relaciones hechas, una pequeña trayectoria que ya se había iniciado y que de alguna manera pude continuar aquí, pude retomar. Hace cuánto… Me fui de Venezuela hace siete años.
¿Cuál es el recuerdo de esa vida que tenías anteriormente en Venezuela más significativo?
Nada, yo a Venezuela le debo todo. Yo empecé a trabajar desde muy joven, de niño, pues prácticamente. Tuve un reconocimiento bastante rápido en relación a mi trabajo. Conseguí recompensas desde el punto de vista del reconocimiento de la obra. Pude exponer en museos, entrar en las colecciones de los museos, etcétera, etcétera.
¿Cómo describirías ese impacto de haber iniciado tu obra artística desde tan temprana edad en tu identidad actual como artista, partiendo de que todo sucedió en Venezuela?
Sí, bueno, ha sido una evolución. En mi obra no ha habido rupturas así abruptas, de lenguaje, de cambios. Siempre una cosa ha ido como difuminándose en otra, como una especie de fundido, ¿no? Y así ha progresado ella. Pues a partir de una obra que era abstracta, luego con unos dibujos como unos rimeros de papel que se movían en el espacio, en un espacio vacío, que ese espacio comenzó a convertirse en un hábitat poco a poco. Y allí emergió un centro de interés en lo que es la arquitectura y los volúmenes, que hasta ahora, ya no sé, 60 años después, ha desembocado en lo que hago hoy.
¿Hay algún elemento cultural de Venezuela que consideres significativo?
Creo que el hecho de haber nacido y crecido en una ciudad recién hecha, una ciudad que se estaba haciendo, una ciudad que es como en gerundio. No está, sino que está haciéndose. Eso me marcó. No hay una referencia evidente de mi obra con la nacionalidad, digamos así, pero sí hay algo inconsciente, algo que está flotando allí, y que es esa cuestión de la modernidad.
¿Cuál ha sido el desafío más grande que te ha tocado enfrentar como artista migrante?
Los fines de mes, necesariamente. Un artista no tiene un sueldo, no tiene ninguna garantía de que el mes que viene va a tener dinero. O sea, uno vive en esa especie de sobrecogimiento, de espanto. Pero tiene su encanto.
¿Cómo ha influido esa experiencia migratoria en tu forma de crear arte actualmente?
Bueno, hay una mayor… quizás una mayor libertad en las cosas que voy emprendiendo. Yo no sé si es verdad que eso tiene que ver con la cuestión migratoria, o si es por la edad. Por eso no me quedo encerrado en nada, y quiero estar probando cosas, porque me parece que el tiempo corre, que tengo que hacerlo. Bueno, no es para siempre. Entonces, sí hay un mayor desparpajo en asumir cosas diferentes a la vez. No estoy en una sola línea, sino que dentro de lo que yo hago, en mi lenguaje, trato de innovar y de divertirme un poco más.
¿Percibes alguna diferencia entre el contexto artístico venezolano y tu vida hoy día?
Bueno, sí hay una diferencia. Antes que nada, el hecho de que en Venezuela soy muy conocido, por todo el tiempo que he estado trabajando en esto. En Francia, menos, por supuesto, mucho menos. Entonces, bueno, esa es una diferencia importante. El ego… el ego sale aporreado en este tipo de cosas, ¿no? Pero a veces es bueno, porque te ayuda a tratar de ir más allá. Y también es malo, porque uno necesita que lo mimen.
Has vivido dos veces fuera de Venezuela. ¿Esta segunda vez ha sido más estable, no? Siete años. ¿Cómo percibes esa relación entre tu historia personal como migrante y la gente de afuera?
Interesante, en el sentido de que mi primera residencia aquí en Francia, que fue en los años 70, en buena parte fue apoyada por el Estado venezolano a través de becas. Además, yo era joven, ¿no? Era otra relación. Hoy en día tengo que vivir de lo que hago aquí. Entonces es una cosa diferente. Es como estar en la realidad, en la cosa real, en lo verdaderamente real. Mientras que cuando tenía 20 años, 30 años, había una asistencia que me permitía de alguna manera flotar, no tocar el piso francés, digamos.
¿Qué sueño logras con tu arte?
Eso es un alimento cotidiano. La obra me nutre día a día. Es mi ilusión despertarme y ponerme a trabajar. Más que todo es eso. Claro, están los proyectos, las ansias de hacer cosas a una escala interesante, etcétera. Eso está siempre ahí. Pero digamos que lo más importante es esa cotidianidad, esa especie de respirar que se da todo el tiempo en relación con la obra.
Teniendo toda la trayectoria que tienes en el arte, si pudieras crear una obra que definirá tu futuro como artista, ¿cuál sería?
Es difícil responder a eso, porque la obra es como algo que sale de uno, que se exterioriza. Y bueno, no sé. No sabría cómo responder. Porque hay esa cuestión de respiración, de estar todo el tiempo en ello, en la obra, en lo que ella te dice, en lo que ella te pide. Y es eso: es un estar haciendo.
¿Te ves en Francia?
Sí, sí. De hecho, me gusta mucho. Me gusta su manera de ver las cosas, su relación con la comida por ejemplo me encanta. Para mí, cocinar es casi como pintar. O sea, lo hago con esa misma excitación de asumir la cosa creativa. Entonces, me siento bien. Me siento bien.
Por supuesto que Venezuela me hace mucha falta todo el tiempo. Las referencias son permanentes. Las nostalgias me acechan a cada momento. Pero a veces son nostalgias falsas. A veces uno tiene nostalgia de algo y cuando regresa y lo confronta, dice: “¿pero esto qué es?”, esto no era. El recuerdo juega sus pasadas también.
¿Volverías a Venezuela?
Sí, sí. Y volvería a Francia.
Porque esa es la cosa del desarraigo también, ese ser y no ser.
Imágenes: AVA.









