Vidas en tránsito
Kiki Pertíñez Heidenreich
“Ya no soy una planta de raíces en tierra, sino de raíces en aire.”
Gestora cultural.
Venezolana / Alemana.
Reside en Madrid, España.
Foto: Nathalie Sayago
Kiki Pertíñez Heidenreich es una gestora cultural venezolana que, tras una vida dedicada al arte y la acción social, se vio forzada a migrar a España por amenazas políticas que ponían en riesgo la seguridad de sus hijos. Esa llamada fue el punto de quiebre que la llevó a abandonar su país natal y comenzar una nueva etapa lejos de su tierra, cargando una maleta llena de memorias, aprendizajes y convicciones. Su llegada a España, aunque marcada por la incertidumbre y el desarraigo, también significó una oportunidad para reencontrarse con sus pasiones más profundas y reconectar con el arte desde un lugar más íntimo y transformador.
La migración le permitió dejar atrás ciertos roles y expectativas que venía cargando, y comenzar de nuevo, no desde cero, sino desde una versión más consciente de sí misma. Kiki habla de sus raíces como un tronco que aprendió a sostenerse en el aire: ya no ancladas al suelo físico de Venezuela, pero sí profundamente vivas, fuertes y móviles. Esa nueva forma de habitar el mundo la llevó a trabajar con otros migrantes latinoamericanos, promoviendo la conservación de la identidad cultural fuera del país de origen, y convirtiendo su propia experiencia en un puente entre lo que fue y lo que aún puede ser. Desde esa plataforma, impulsa proyectos que dan voz a quienes muchas veces no la tienen, creando espacios simbólicos de representación, especialmente para venezolanos en el exilio.
Aunque su vida profesional ha florecido en este nuevo contexto, Kiki no esconde las heridas abiertas que deja la migración forzada. Su vida emocional, marcada por la distancia con sus seres queridos, la ausencia de sus padres y la imposibilidad de regresar a Venezuela, sigue siendo un territorio complejo. A pesar de sus logros, siente que no poder visitar la tumba de sus padres ni caminar por los lugares que formaron parte de su infancia es una herida persistente. Ese dolor se mezcla con la determinación de seguir construyendo desde la diáspora, llevando consigo las memorias, la lengua y los símbolos que la definen.
Hoy, desde el proyecto cultural Boom, Kiki encuentra una manera de volver a Venezuela sin estar físicamente allí. Su visión de futuro está atravesada por la esperanza de que, al mirar atrás cuando tenga noventa años, encuentre una constelación de artistas y creadores que lograron levantar sus voces en libertad, sin miedo ni censura, y que lo hicieron no gracias a ella, pero sí cerca de ella. Su historia es la de una mujer que, pese a la pérdida y la distancia, insiste en hacer del arte un gesto de resistencia, de amor y de retorno simbólico al hogar.
Pasado, presente y futuro
Imágenes: AVA.
Kiki Pertíñez Heidenreich
El futuro de Kiki Pertíñez Heidenreich se vislumbra como una prolongación coherente de su presente comprometido: seguirá siendo una articuladora de puentes entre culturas, identidades y territorios fragmentados por el exilio. Su experiencia migratoria, lejos de menguar su fuerza, la ha potenciado como una voz crítica y sensible dentro del mundo cultural iberoamericano. A medida que profundiza su trabajo con el proyecto Boom, es previsible que expanda su impacto en redes transnacionales de arte y gestión cultural, convirtiéndose en una referencia para la diáspora venezolana y latinoamericana.
Desde una perspectiva más íntima, probablemente su trayecto continuará marcado por una búsqueda emocional constante: la del reencuentro simbólico con Venezuela. Aunque no pueda regresar físicamente, su labor se orientará cada vez más hacia gestos de memoria, restitución y acompañamiento a través del arte. Su capacidad para transformar el duelo en acción creativa y política le permitirá construir una obra vital, no sólo en términos estéticos sino también éticos, generando espacios seguros para otras personas exiliadas.
También es posible proyectar que, con el paso del tiempo, Kiki asuma roles de mentoría y formación, acompañando a nuevas generaciones de artistas y gestores culturales migrantes, compartiendo no solo herramientas prácticas sino una ética de resistencia y cuidado. Su madurez emocional y profesional la posiciona como una figura capaz de influir, sin imponer; de liderar, sin desplazar; y de permanecer, aún en movimiento.
En resumen, su futuro no será una cima ni un cierre, sino una extensión orgánica de ese tronco de raíces aéreas que ha aprendido a sostenerse en lo intangible. Con cada proyecto, con cada artista que florece cerca de ella, Kiki no solo avanza: también regresa.
Imágenes: AVA.
Música: Raíces en el Aire. JMR01, 2025 (Cortesía).
Video: Febo.
Hola, soy Kiki Pertíñez Heidenreich. Soy venezolana. Vivo en España y soy gestora cultural.
¿Qué circunstancias te llevaron a emigrar y cómo fue esa experiencia?
Tuve que emigrar por temas políticos. Recibí una llamada amenazándome con la seguridad de mis hijos, Aarón y Ariana, y a los dos meses me vine a España.
¿Qué recuerdas de tu vida anterior que sea más significativo para ti?
Bueno, imagínate. Yo digo que, así como antes de Cristo y después de Cristo, está antes de emigrar y después de emigrar. La Kiki que era antes… en esencia sigo siendo igual, pero extraño. Extraño mucho, por ejemplo, todo el núcleo, todo lo que estaba haciendo, la capacidad de crear a pesar de las circunstancias. Yo creo que eso, la gente que además veo ahora mismo, no estaría ya.
¿Cómo describirías el impacto de todas esas vivencias en tu trabajo y en lo que representa hoy tu aporte al arte?
Yo allá no me dedicaba tanto al arte. Me dedicaba al arte, pero no era de carácter prioritario. De hecho, eso fue como una oportunidad que me di al migrar para acá: dejar muchas cosas a un lado y dedicarme al 100% a algo que apenas hace hoy un 40%.
Lo que quería hacer, todo lo que fui, todo lo que soy es lo mismo, solo que ahorita ese tronco y esas raíces que tenía aprendieron a moverse. Ya no soy, digamos, una planta de raíces en tierra, sino de raíces en aire. Y como tal, he aprendido a moverme.
¿Qué genera eso en mí?
Eso genera ahora que estoy fuera una innegable necesidad de aferrarme más a aquellas cosas que antes estaban invisibles. Yo daba muchas cosas por sentadas y ahora que no las tengo, pues las requiero más. Y por eso es que desde la gestión cultural ahora trabajo en el tema de que todos los latinoamericanos mantengamos nuestras raíces, mantengamos nuestra identidad, sea donde sea que estemos.
En este caso, en España, al inicio mencionaste que eras venezolana. ¿Qué elementos culturales mantienes muy presentes como muestra de tu origen?
Bueno, voy a empezar por algo muy sencillo: miren cómo hablo después de ocho años fuera de Venezuela. Eso para mí es importantísimo de mantener, porque creo que esa es la primera carta de presentación. Eso es algo que ojalá nunca pierda.
Dentro de mi gestión, una de las cosas que más mantengo y más busco es entender que un país como el nuestro, que es huérfano en términos de representación cultural en el mundo, pueda mantener y pueda buscar, a través de gestiones como la que nosotros hacemos— y cuando digo “nosotros” me refiero a Boom— pues un lugar donde mostrarse.
Venezuela no tiene representación verdaderamente libre en términos de agregados culturales y afines. No hay una embajada, todas están comprometidas con un tema político que no nos corresponde, no nos interesa y que definitivamente… yo estoy apostando a darle una oportunidad a aquellos venezolanos, pero también a los salvadoreños, a los colombianos, a los argentinos, porque hay mucho factor común, a que desarrollen sus proyectos desde la libertad de poder crear sin tener miedo, sin tener que pedir “permiso” para tocar temas del mundo del arte.
¿Cuál ha sido el desafío más grande para ti en ese nuevo contexto?
Bueno, el primero es que me vine con 42 años. Con 42 años en España eres anciano.
Y tuve que volver a… digamos, yo empecé ya con un cargo en una galería cuando llegué hasta acá, tuve esa suerte, y se me dio la oportunidad de comenzar en algo que siempre había querido. De hecho, yo estudié Bellas Artes en la Cristóbal Rojas, luego Psicología y Bellas Artes, y pude entonces darme ese permiso.
¿Pero cuál fue el reto?
El reto fue comenzar. Yo siempre digo que desde de nuevo, no desde cero. Uno no comienza desde cero cuando migra. Todo lo que uno tiene con uno es una mochila que le acompaña.
Pero volver a comenzar, meterte además en una capital mundial, en un área como el área cultural, que era algo que aunque lo tenía y había trabajado en proyectos, y había desarrollado algo, era una inquietud personal. Lo he convertido en una pasión, digamos, más secundaria a mi esencia primaria y a mi propósito de vida. Yo estoy haciendo acción social a través de la cultura.
Y ese tal vez fue uno de los riesgos más duros que tomé, porque es pasar de un tema totalmente, por decirlo así, capitalista, a una cosa más social, más de defensa del contexto que Venezuela tiene hoy día, sobre todo en el mundo del arte.
Decías que esto es una capital mundial…
¡Y verdaderamente lo es!
Para lo bueno: la cantidad de referencias, de estímulos, de cursos, la información tan a la mano, poder estar de la mano con creadores universales, conocerlos, darle la mano a la gente que lo necesite… Eso es una de las cosas maravillosas que he conseguido.
Para lo “malo”: hay muchísima competencia.
Pero eso yo también lo veo desde un punto de vista muy bueno, porque saca lo mejor de uno
y ese carácter competitivo que uno puede tener, uno lo orienta más—ya no a la competencia como se entiende, sino a la cooperación y a trabajar en conjunto.
Esa es otra cosa que también vi muy marcada. Aquí hay una gran oportunidad de unirse a personas que tal vez uno veía antes muy lejanas, por todo el “gringolandia” que uno tenía estando en Venezuela, por todos los miedos, por todas las necesidades primarias en las que uno tenía que basarse. Aquí uno ya las tiene un poco más cubiertas y puede entonces ir a por más.
¿Cómo ha sido tu experiencia personal en términos de educación, oportunidades y vida en general?
Yo me siento absolutamente privilegiada. Pude escoger el país al cual venirme, pude escoger la ciudad a la cual venirme, me vine con nacionalidad, pude escoger además trabajar en el área que siempre quise. He podido desarrollar un proyecto increíblemente bueno que no solamente me ha ayudado a mí, sino que ha ayudado a otras personas en su área.
Y aparte estoy viviendo una suerte de sueño. Eso es lo que está en primer plano. Luego está el tema de la familia, el tema de los amigos. Ninguno de mis hermanos, que son los que quedan, y casi ninguno de mis sobrinos, viven en la misma ciudad. Cada uno está en una ciudad diferente alrededor del mundo, cada uno buscándose la vida. Mi pareja va y viene, no está cerca de mí. Ese tipo de cosas me afectan mucho. Digamos que mi vida profesional está mucho más resuelta que tal vez mi vida emocional. Eso tal vez es una de las cosas más duras que me han tocado. Y ha sido durísimo.
Yo no puedo regresar a Venezuela. Tengo una prohibición de llegada por todo el contexto familiar. Y más de una vez yo he querido ir a votar, he querido ver la tumba de mis padres, ¿sabes? Y no puedo regresar. Eso es demoledor.
Perdón… (Lágrimas)
Yo quisiera poder regresar un día, tal vez ya no para quedarme, pero para poder tener la libertad de ver dónde crecí, mis recuerdos, visitar a mi padre, a mi sobrino, todo lo que está muerto allá, poder pasear por lugares que son simbólicos. Y que a veces pienso que es un sueño. Eso es lo que quisiera.
Perdón… (Lágrimas)
¿Si pudieras hacer algo hoy, qué sería?
No visualizo. No puedo hacer planes en función de cosas que yo no domine. Y como yo quiero regresar, por ejemplo, a Venezuela de mil maneras, pues lo hago a partir de lo que estoy haciendo hoy en día.
Boom es una manera de volver a Venezuela sin estar ahí físicamente. He desarrollado muchísimos proyectos y seguiré desarrollándolos. Y me veo de 90 años, pues cayéndome como me caigo todo el tiempo, pero me veo en el camino a seguir haciendo esto.
Me veo tratando—sin tratar—me veo logrando que el puente entre allá y acá cada vez sea más corto.
Y veo además que una de las cosas que más me gusta es pensar que al final de cuentas, dentro de 30 o 40 años, cuando tenga 90, yo eche la mirada hacia atrás y encuentre una cantidad de artistas que lo lograron, no gracias a nosotros, pero cerca de nosotros. Eso es.
Imágenes: AVA.







