Vidas en tránsito

Marisol Luna González

“Mi vida siempre ha estado en torno a la música, y aunque me ha tocado empezar de nuevo, no he dejado de sembrar con ella donde voy.”

Violinista y profesora de música.
Venezolana.
Reside en Santo Domingo, República Dominicana.

Foto: Nathalie Sayago

Marisol Luna González es una violinista y profesora de música venezolana que ha dedicado su vida al arte sonoro desde su infancia en Los Teques, estado Miranda. Su formación y trayectoria están profundamente marcadas por su paso por el Sistema Nacional de Orquestas Juveniles e Infantiles de Venezuela, donde encontró una comunidad de compañeros que se convirtieron en su familia musical y que sembraron en ella una ética de trabajo colaborativo, pasión y compromiso. En Venezuela, su vida giraba en torno a la música sinfónica, desarrollándose en orquestas grandes y pequeños ensambles con una fuerte orientación hacia la música clásica. Sin embargo, la crisis económica y la creciente inseguridad la llevaron a tomar una decisión difícil pero necesaria: migrar en 2015 a la República Dominicana para buscar un futuro más seguro para su hijo y seguir construyendo su carrera desde nuevos cimientos.

En su llegada al país caribeño, Marisol se enfrentó al reto de reinventarse profesionalmente. Lo que comenzó como una invitación para fundar una escuela de música privada se transformó en un camino lleno de desafíos y oportunidades. Aprendió a adaptarse a nuevas formas de hacer música, explorando la música popular y la ambientación en eventos sociales, descubriendo en ese proceso otras formas de conectar con las emociones del público. La transición de la música escrita y orquestada a la interpretación de oído, en contextos menos formales, no solo amplió sus capacidades, sino que también le permitió comprender el poder inmediato y cotidiano de la música en la vida de las personas.

Más allá de su desarrollo personal, Marisol ha asumido un compromiso profundo con la educación musical en comunidades vulnerables. Desde hace ocho años forma parte de un grupo de docentes, en su mayoría venezolanos, que brindan clases en el sector de Boca Chica, a niños de escasos recursos, muchos de los cuales jamás habían tenido acceso a instrumentos o nociones de música sinfónica. A través de un enfoque sensible y respetuoso, ha logrado presentarles nuevas posibilidades sin imponerlas, combinando sus gustos con propuestas del repertorio clásico. Este trabajo, aunque desafiante por las condiciones de acceso y movilidad, ha sido para ella una de las labores más significativas y transformadoras de su vida como migrante.

Hoy, Marisol continúa su labor pedagógica con entusiasmo, formando parte de un proyecto para establecer un núcleo orquestal inspirado en el modelo venezolano, con el propósito de sembrar nuevas generaciones de músicos en suelo dominicano. Aunque valora profundamente su país natal y lo considera privilegiado por la riqueza musical que ha cultivado, Marisol ha decidido continuar su vida en República Dominicana, un lugar donde siente que aún hay mucho por construir. Su historia es testimonio de cómo el arte, cuando se vive con convicción y se comparte con generosidad, puede trascender fronteras y transformar realidades, dejando huellas firmes tanto en quienes enseñan como en quienes aprenden.

Pasado, presente y futuro

Imágenes: AVA.

Marisol Luna en el futuro

El futuro de Marisol Luna González se proyecta como el de una sembradora de armonías y vínculos culturales en tierra adoptiva. Su compromiso con la educación musical, su capacidad de adaptación y su profundo sentido de propósito la sitúan como una figura clave en la formación de nuevas generaciones de músicos en República Dominicana. Su visión no es solo la de enseñar a tocar un instrumento, sino la de formar seres humanos sensibles, disciplinados y creativos a través del lenguaje universal de la música.

Es probable que su liderazgo en la creación de núcleos orquestales infantiles y juveniles se consolide, convirtiéndo se en una referencia regional del modelo pedagógico venezolano aplicado con sensibilidad al contexto local. Su experiencia en ambos mundos —el sinfónico y el popular— le permite tender puentes entre lo académico y lo cotidiano, entre lo formal y lo comunitario.
Esta capacidad la posiciona como agente de transformación no solo en el aula o en el escenario, sino en las estructuras culturales del país que la ha acogido.
A mediano plazo, Marisol podría ser parte de políticas públicas o alianzas institucionales que valoren su conocimiento y trayectoria. Su historia es también un ejemplo poderoso del valor de la migración como fuerza creativa y constructiva, y es posible que sea invitada a compartir su experiencia en espacios de formación, congresos y encuentros culturales dentro y fuera del país. Su voz, serena y firme, tiene mucho que aportar a las discusiones sobre integración, educación y arte.

A largo plazo, Marisol probablemente se convertirá en mentora de otros músicos y docentes, dejando un legado tangible: niños y niñas que hoy tocan un instrumento gracias a ella, y que mañana llevarán su enseñanza más allá. Su futuro, aunque humilde y sin estridencias, se teje con la constancia y la luz de quien, sin abandonar sus raíces, ha aprendido a florecer en otra tierra, haciendo de la música un acto cotidiano de esperanza.


Imágenes: AVA.
Música: Semillas de Cuerda. JMR01, 2025 (Cortesía).
Video: Febo.

Hola, yo soy Marisol Luna González. Soy violinista y profesora de música, específicamente de violín. Soy venezolana y vivo aquí en República Dominicana hace nueve años.

¿Qué circunstancias te llevaron a emigrar y cómo fue tu experiencia inicial?

En principio, yo llegué aquí en el 2015. Ese año en Venezuela, particularmente, me fui dando cuenta de que no solamente la economía se estaba dañando y poniendo cada vez peor, sino que la inseguridad era muy alta. Yo tengo un hijo que en ese momento estaba por cumplir su mayoría de edad, entonces me imaginaba que su vida de joven iba a ser muy dura en el sentido de no poder salir, o salir bajo peligro. A pesar de que vivíamos en una ciudad bastante segura, sabía que eso iba a ser un motivo de preocupación. Los jóvenes no se merecen ese tipo de vida.

Entonces, aprovechamos una oferta de trabajo que nos hicieron aquí en República Dominicana para fundar una especie de escuela de música, en principio privada, para ir haciendo un fondo y después tratar de replicar de alguna manera el trabajo que se hace en Venezuela con el sistema de orquestas infantiles y juveniles.

¿Qué recuerdos de tu vida antes de emigrar consideras más significativos?

Mi vida siempre ha estado en torno a la música. Nací, musicalmente, en el estado Miranda, en Los Teques. Allí hice mi familia musical con todos mis compañeros con los que me inicié desde niña. Ese grupo de niños y después de jóvenes fue el grupo fundador de la orquesta donde estuve prácticamente hasta que me tocó migrar. Ese tipo de amistades, de hermandad, de trabajar por una misma causa, es lo que más extraño. Es muy difícil, a pesar de tener muchos años aquí, tratar de construir algo parecido. Sin embargo, estoy agradecida por todas las oportunidades que vienen desde mi lugar de origen.

¿Cómo describirías el impacto de tu lugar de origen, Venezuela, en esta sociedad donde vives, y en tu identidad como músico?

Venezuela siempre se ha dicho, y la mayoría de los venezolanos lo sabe, es un país muy musical. Es rico en cultura, sobre todo en cultura musical. Pero en el momento en que uno sale del país y llega a otro lugar, se da cuenta que eso es real, que no es solo un decir. Es increíble cómo de cada región de Venezuela, no solo de cada ciudad o estado, sino dentro de cada ciudad o estado, hay un sinfín de manifestaciones culturales y musicales. Si uno no lo estudia, no se da cuenta.

No es por comparar, pero de verdad el país es muy rico en manifestaciones culturales, y eso nos ha dado una gran ventaja a los músicos venezolanos que estamos en todo el mundo. La música venezolana es muy interesante y a los habitantes de otros países les interesa muchísimo estudiarla y entenderla, aunque a veces sea un poco difícil. La música criolla y la tradicional venezolana siempre despierta interés, y hay una seguridad de que donde haya venezolanos haciendo música, va a haber calidad. Eso es muy positivo.

¿Qué elementos culturales de Venezuela llevas contigo siempre?

El Sistema Nacional de Orquestas Juveniles e Infantiles de Venezuela es mi nacimiento como músico. Uno puede decir que conocía la música participando en un coro en el colegio o en una iglesia, pero en el momento en que uno entra a una orquesta sinfónica, infantil o juvenil, es un cambio del cielo a la tierra. Es un sello que llevamos todos los músicos venezolanos. A veces uno siente que le ponen alfombra roja cuando llega a algún sitio. Todo el mundo sabe lo que es el Sistema. No tienes mucho qué explicar. Es como un paso de página que no necesita palabras.

¿Cuál ha sido el desafío más grande que te ha tocado enfrentar como músico migrante?

El desafío más grande ha sido pasar del 100% de mi desempeño como músico clásico o sinfónico, a abrirme a la música popular, de ambientación, de eventos. Ha sido bueno, porque uno a veces cree que solo sabe hacer una cosa.

Toda mi vida en Venezuela estuvo dedicada a la música sinfónica, con orquestas grandes o grupos pequeños, pero siempre música sinfónica, la que coloquialmente llaman clásica. Al llegar aquí, por las circunstancias que todo migrante conoce, uno debe comenzar a abrirse, a hacer más cosas de las que está acostumbrado.He tocado en eventos deportivos, bodas, conferencias. Me di cuenta que esa música, a veces, es mucho más directa para llegar al sentimiento de las personas que la música clásica, que a veces hay que entenderla previamente.En cambio, la música popular es la que uno escucha en la radio, en redes sociales. Hay gente que tiene una canción especial que le trae un recuerdo, y cuando uno la toca, genera muchísima emoción.

Ese fue el reto más grande: pasar de saberse miles de partituras escritas, a tocar de oído, de memoria, música para la que no hay partituras. Presentarse sola ante un público que a veces está pendiente de otras cosas, pero que igual disfruta la música, fue un cambio. Al principio me chocó, pero después lo entendí y terminé disfrutándolo. Ahora la paso muy bien haciendo ambas cosas.

¿Cómo ha influido toda esa experiencia migratoria en tu forma de crear?

En cuanto a la experiencia migratoria, me viene a la mente un ejemplo. Somos un grupo de siete profesores, cinco de los cuales somos venezolanos, que tenemos ocho años dando clases en un sector de República Dominicana que se llama Boca Chica. Es un sector de familias vulnerables, de muy bajos recursos. Hay niños que ni siquiera asisten a la escuela. En centros con donativos del exterior, se les brinda educación, asistencia médica, psicológica, clases de inglés, pintura, computación, y también música. Nosotros impartimos esas clases.

Si esos niños no hubieran conocido este programa musical, nunca habrían visto un violín, una flauta o una trompeta sinfónica. Hemos tenido que buscar maneras de no imponer, sino de mostrarles que la música que ellos conocen está bien, pero también existe otra. Y se pueden combinar. Les proponemos: “toca la que te gusta y una de las que te ofrecemos”, y así se van enamorando del programa. Como migrante, ese trabajo ha sido uno de los retos más grandes, pero también de los más bonitos.

¿Qué diferencias encuentras entre Venezuela y República Dominicana en el área de la música?

En Venezuela somos privilegiados en el sentido musical gracias al Sistema. En cualquier pueblo, ciudad o caserío hay una orquesta, una banda infantil, hasta en los lugares más recónditos.

En 2015, antes de migrar, celebramos los 40 años del Sistema. Nuestro reto fue preparar a nuestros alumnos para que se presentaran en cualquier espacio: bodegas, supermercados, iglesias, plazas…

Cuando uno sale y llega a otro país, se da cuenta de que estar en una orquesta es algo muy difícil, casi de élite. Entrar al teatro no es algo común, ni barato. La gente a veces se cohíbe porque siente que no pertenece. En Venezuela, la música se hizo común y familiar. Eso marca una gran diferencia.

¿Cómo percibes tu historia personal como migrante en comparación con la de otros migrantes?

A pesar de que los primeros años son difíciles y uno llega desubicado, siento que me ha ido muy bien. Desde el primer día hasta ahora, solo he trabajado en música. En las primeras semanas, obtuvimos una entrevista con el director de la Orquesta Sinfónica del país. Nos recibió muy bien, nos dio entradas para conciertos, y justo en esos días había vacantes. En dos semanas estábamos tocando como invitados.

Recuerdo caminar por un centro comercial, ver una academia de música para niños pequeños, entrar y preguntar. La directora me dijo: “No estaba buscando, pero ya que estás aquí debe ser por algo”, y aceptó mi currículum. A la semana me llamaron. Desde entonces he trabajado solo en música. Sé que no es lo común, muchos deben trabajar en lo que sea, incluso fuera de su profesión. A veces ni siquiera se logra regresar a lo que uno conoce.

¿Qué esperas lograr con tu música en este contexto actual?

Creo que el propósito de los migrantes, al menos para mis compañeros y para mí, es dejar un legado de lo que es la música y los músicos venezolanos. Aquí se ha empezado a valorar mucho, no solo por la calidad musical, sino por la forma de ser del venezolano: la puntualidad, la responsabilidad, la creatividad, el ir más allá. Eso queremos dejar como diferencia.
La educación musical aquí todavía necesita mucho. Y sabemos que podemos aportar. A veces hay dificultad para llegar a ciertos lugares o instancias, por falta de documentación o porque se privilegia a los nacionales. Eso se entiende, pero queremos hacer una gran diferencia.

¿Si pudieras crear algo que simbolice tu futuro, cómo lo describirías?

Actualmente estoy en un proyecto para crear un núcleo o representación de lo que son los núcleos de orquestas infantiles y juveniles en Venezuela. Esa es la semilla para formar a los próximos músicos profesionales. A veces hay un vacío entre los músicos profesionales y los niños que apenas empiezan. Ese es mi proyecto y ya está en movimiento.

¿Te ves en República Dominicana por un tiempo extenso?

Sobre mi futuro cercano, mucha gente me pregunta si, si Venezuela mejora, me devolvería.

La respuesta, por ahora, es no. Me quedaría en República Dominicana. Hay mucho por hacer, ya no soy tan joven como para comenzar de nuevo en otro lugar. He recorrido un camino y he logrado mucho aquí. Mi futuro cercano está aquí. El lejano… nadie lo sabe.

Imágenes: AVA.