Vidas en tránsito
Natalia Afanasiev
“No pierdo la esperanza de que en algún momento pueda aportar algo de lo que sé.”
Historiadora del arte y museóloga.
Venezolana.
Reside en Santo Domingo, República Dominicana.
Foto: Nathalie Sayago
Natalia Afanasiev es una historiadora del arte y museóloga venezolana que llegó a República Dominicana en diciembre de 2015, motivada por una oportunidad laboral para su esposo. La decisión de migrar no fue impulsada por una crisis inmediata, sino por una circunstancia profesional concreta que llevó a su familia a trasladarse. Su proceso de adaptación fue, en un primer momento, fluido y ordenado. Mientras terminaba sus responsabilidades en la Fundación Cisneros en Venezuela, su esposo se establecía en el nuevo país. Al llegar, Natalia se sintió acogida por la calidez de la gente dominicana, lo que le brindó un sentimiento inmediato de pertenencia, a pesar de estar lejos de su familia.
Sin embargo, a lo largo del tiempo, Natalia ha experimentado dificultades para insertarse profesionalmente en el ámbito cultural dominicano. A pesar de su sólida formación y experiencia, ha enfrentado resistencias sutiles, que ella percibe como una especie de temor o resguardo por parte de algunas instituciones o personas, quizás ante la idea de que su presencia representa una amenaza para espacios ya establecidos. Su experiencia laboral ha sido intermitente: participó en un proyecto educativo en un colegio católico que nunca se concretó, y más adelante colaboró durante dos años con una fundación privada de una artista. Estas oportunidades, aunque valiosas, no le permitieron desplegar plenamente su capacidad profesional ni ejercer su oficio desde un lugar de mayor autonomía o liderazgo.
La migración también le ha permitido reflexionar sobre su identidad y sobre el modo en que los venezolanos son percibidos en otros contextos. Natalia ha sentido que su nacionalidad influye en la manera como se construyen los vínculos profesionales, a veces con prejuicios o reservas. No obstante, ha sabido transformar estas barreras en aprendizajes. Reconoce que cada historia migratoria es distinta: conoce casos de profesionales altamente capacitados que no han logrado insertarse, y otros que han tenido que conformarse con trabajos muy por debajo de su nivel. Ella, como hija de inmigrantes rusos que encontraron refugio en Venezuela, reconoce ahora en carne propia lo complejo del desarraigo, aunque su experiencia no se compara a la de generaciones anteriores.
A pesar de las dificultades, Natalia no pierde la esperanza. Sueña con trabajar en instituciones como el Museo de Arte Moderno de Santo Domingo, desde donde pueda aportar su conocimiento y experiencia en el desarrollo de proyectos expositivos y educativos. Le motiva la idea de colaborar, de formar parte activa del ecosistema cultural dominicano y de contribuir a su fortalecimiento desde un enfoque profesional y sensible. Aunque no se plantea el futuro en plazos largos, se visualiza permaneciendo en el país y consolidando su lugar dentro del ámbito museológico y artístico. Su deseo más profundo es poder compartir lo aprendido, tender puentes y sentirse, finalmente, parte de una comunidad que valore el intercambio cultural como una riqueza compartida.
Pasado, presente y futuro
Imágenes: AVA.
Natalia Afanasiev en el futuro
El futuro de Natalia Afanasiev se vislumbra como el de una sembradora silenciosa, cuya perseverancia y compromiso terminarán por abrirle las puertas que aún se mantienen entreabiertas. Aunque su inserción en el ámbito cultural dominicano ha sido pausada y enfrentada a resistencias, su sensibilidad, formación sólida y mirada colaborativa son semillas que, en el tiempo justo, encontrarán suelo fértil. Natalia no busca protagonismo, sino posibilidad: un espacio desde donde aportar, construir y entretejer saberes. Por eso, es probable que su trayectoria se proyecte hacia roles de mediación, gestión y articulación dentro de instituciones culturales o museos, donde pueda actuar como puente entre lo local y lo migrante, entre lo establecido y lo que está por venir.
Su experiencia como migrante, unida a su herencia de hija de inmigrantes, le otorga una lucidez particular sobre los procesos de adaptación y pertenencia. Esa conciencia podría transformarse en fortaleza si encuentra plataformas o colectivos donde esas voces sean valoradas. En ese sentido, Natalia podría liderar o formar parte de proyectos que promuevan la inclusión cultural, el reconocimiento de saberes diversos y la construcción de memorias compartidas entre comunidades. Su aporte no sería solo académico o curatorial, sino profundamente humano.
A medida que afiance su red de vínculos y sume colaboraciones significativas, es posible que Natalia transite hacia un lugar más protagónico en la esfera museológica del país, no por imposición, sino por coherencia con su recorrido y vocación. Ya sea desde una curaduría, una coordinación educativa o un rol de investigación y archivo, su visión encontrará expresión concreta en iniciativas que nutran tanto a las instituciones como a las comunidades.
El futuro de Natalia, en resumen, no se impone con estridencia, pero se insinúa con firmeza. Está hecho de paciencia, profesionalismo y sensibilidad. Si el entorno cultural donde habita se abre a la colaboración genuina, su presencia será indispensable para enriquecer los relatos que construyen la identidad compartida. En ella vive la promesa de una cultura más inclusiva, más compleja, más consciente de su diversidad.
Imágenes: AVA.
Música: Pasos lentos, puertas abiertas. JMR01, 2025 (Cortesía).
Video: Febo.
Hola, soy Natalia Afanasiev. Soy venezolana. Soy historiadora del arte y museóloga.
Llegué a República Dominicana en diciembre de 2015. He venido gracias a que mi esposo fue contratado por una empresa para trabajar acá. Y bueno, vamos a decir que esa fue la razón por la cual migramos, la razón principal.
¿Cómo fue la experiencia inicial?
Realmente fue fluida, porque como te comenté, vinimos a través de una empresa que contrató a mi esposo y realmente fue bastante, bastante fluido. Él vino primero que yo. Y como yo estaba trabajando en Venezuela, en la Fundación Cisneros, tenía que tener un período como de cambio para dejar a una persona en mi puesto allá. Yo me mudé definitivamente en diciembre, pero fue bastante fluido.
¿Tu vida antes de emigrar la consideras más significativa?
Mira, los recuerdos siempre son los de la familia, el compartir con la familia, el compartir con los amigos y con los compañeros de trabajo. Mis últimas responsabilidades en Venezuela con la Fundación fueron increíbles y de verdad que atesoro todos esos momentos.
¿Cómo describirías el impacto de Venezuela en tu identidad aquí?
Te voy a decir que me ha sido un poco difícil, el hecho de ser museóloga y poder involucrarme en el área cultural acá. A veces me pongo a pensar mucho… El impacto de ser venezolana me ha permitido conocer un poco cómo otras personas nos ven a nosotros, los venezolanos, no solamente desde el área del arte, sino desde cualquier área profesional.
Creo que en una primera instancia, cuando he abordado algunas instituciones o personas para ir haciendo vínculos profesionales, he sentido una resistencia, como un miedo, como si viniera a ocupar un espacio que le pertenece a otro. Y realmente no es así desde mi punto de vista o desde la forma como yo creo que estoy abordando. A lo mejor lo estoy haciendo mal y genero esa resistencia, pero ha sido un poco así. De hecho, en este tiempo desde 2015 hasta ahora he trabajado muy poco en mi área.
Tuve una primera experiencia en un colegio católico en un proyecto para crear un centro de investigación (un CRAE), que quedó en anteproyecto. Luego trabajé para una fundación particular de una artista. Estuve con ellos por dos años, pero como asistente realmente, y eso llegó a su fin porque ya había que finalizar esa parte. Desde allí para acá, realmente ha sido difícil para mí. Me ha sido difícil; a lo mejor a otras personas les ha sido mucho más fácil involucrarse en el contexto cultural dominicano.
Pero con esto no quiero decir que haya sido malo, sino que ha habido un aprendizaje, desde mi espacio hacia el espacio de ellos. Porque a veces nos sentimos invadidos, y es lógico que el otro se proteja ante esa supuesta invasión. Pero ha sido de aprendizaje. He conocido personas, he conocido instituciones que me han enseñado, que me han dado la oportunidad de conocer y entender un poco cómo va la cosa.
¿Dirías que ese sentimiento de “estar invadiendo” ha sido el mayor desafío?
Sí, profesionalmente ha sido difícil. Y no solo desde el hacer, sino desde esta acera, porque es la primera vez que salgo como inmigrante, sin pretender serlo. Porque de verdad, llegué aquí y me sentí como en mi casa, sin mi familia, era lo único. La gente aquí es muy amable y muy abierta para recibir. Pero ya desde la otra parte, sí, la cosa va más al pasito, como dicen aquí.
Y eso que soy hija de inmigrantes. Mi familia paterna es inmigrante, y nunca lo había vivido.
Lo estoy viviendo ahora. Y a veces me pongo a pensar en cuando ellos huyeron de Rusia a Venezuela, todo lo que pasaron, que no se compara en nada a mi experiencia. Venezuela y Dominicana tienen puntos de conexión, pero no se parecen en nada.
¿Hay algún elemento cultural que siempre llevas contigo?
Sí. Todas nuestras tradiciones, de una u otra manera, lo marcan a uno. Cuando escuchas alguna canción, música típica nuestra, cuando ves a artistas, consagrados o no, que oyes y en ese momento te dicen “wow, me lleva otra vez a Venezuela”. Una letra, el nombre de alguien, me lleva inmediatamente.
De hecho, una anécdota: el año pasado estuve trabajando con esta fundación, y vi un catálogo.
Cuando lo abro, veo que el texto es de un gran amigo, Félix Suazo, y en ese momento sentí que estaba en los Galpones prácticamente.
¿Cómo ha influido tu experiencia migratoria en tu profesión?
Como te dije antes, he querido que esa experiencia sea lo más fluida posible. Creo que no lo he logrado del todo, pero ahí vamos. No pierdo la esperanza de que en algún momento pueda lograr hacer más y aportar algo. Quiero eso, aportar algo de lo que sé a la experiencia cultural dominicana, que sé que también es buena y profesional.
¿Encuentras alguna diferencia entre Venezuela y República Dominicana en tu contexto profesional?
No te puedo decir si hay una diferencia, porque no he trabajado directamente en un museo o en un espacio cultural como tal. Aquí trabajé para un colegio en un proyecto específico para la creación y diseño de investigación de un CRAE, y luego para esta fundación. La fundación era de una artista y estaba empezando a formarse. Estábamos en ese proceso de aprender, tanto el artista como yo. Entonces no te podría hablar de una diferencia como tal, sino que hasta ahora lo que he podido hacer ha sido más bien conocer y conectarnos para hablar el mismo idioma.
¿Comparando tu historia personal con la de otros migrantes?
Me parece mentira, pero tengo más contacto con dominicanos y personas de otras nacionalidades que con venezolanos. No ha sido voluntario, ha sido involuntario realmente. Pero por lo que uno lee y conoce, cada caso es diferente, cada historia tiene sus particularidades.
Yo llegué aquí gracias a que mi esposo fue contratado por una empresa. Conozco gente extremadamente capacitada y preparada que no ha logrado ni siquiera insertarse en un espacio profesional. Una señora, mamá de un amigo, es abogada, habla tres idiomas, fue representante legal de una gran empresa transnacional en Venezuela, y no ha podido insertarse aquí.
También conozco un joven que estuvo aquí con su tía, trabajando, y no se adaptó al trato con otros contemporáneos. Volvió a Venezuela, pero no logró allá tampoco lo que quería. Después pensó que quizás debió haberse quedado un rato más aquí. Entonces sí, cada historia es completamente diferente. Hay gente que viene a “ver qué hace”, y eso es muy difícil.
¿Cuál es tu sueño profesional ahora?
Poder trabajar en un espacio, ya sea museo, fundación, galería, en el que pueda aportar algo de lo que sé, de lo que aprendí. Eso sueño: poder compartir, colaborar en proyectos, hacer algo para que ese espacio logre sus objetivos programáticos.
¿En qué proyecto o espacio te gustaría participar?
Me encantaría trabajar en el Museo de Arte Moderno, donde estamos ahora mismo.
Me encantaría poder trabajar en un espacio como ese. No soy artista, pero me veo trabajando en museos de arte, sea moderno o de cualquier tipo, en el área expositiva, en proyectos, colaborando para que esos proyectos se lleven a cabo. Eso me encanta.
¿Dónde te ves el próximo año?
No quiero pensar muy a futuro, porque ya llevo nueve años prácticamente aquí. Quiero verme aquí el año que viene. No sé qué me tiene preparado la vida, pero por los momentos me veo aquí, me veo trabajando aquí en Dominicana, en algún área que tenga que ver con mi experiencia profesional. Así.
Imágenes: AVA.









