Vidas en tránsito

Santiago Pol

“Yo era un pintor clandestino… y hoy, después de casi 80 años, estoy feliz haciendo lo que siempre llevé por dentro.”

Diseñador Gráfico.
Venezolano / Español.
Reside en Barcelona, España.

Foto: Nathalie Sayago

Santiago Pol es un artista de dos patrias: nacido en España y formado profundamente en Venezuela. Su vida comienza en el pequeño pueblo catalán de Cardedeu, cuyo nombre —”cara de Dios”— parece anunciar la sensibilidad poética que luego marcaría su obra. A los ocho años emigra con su familia a Venezuela, en un tránsito forzado por las dictaduras paralelas de Franco y Pérez Jiménez. En ese traslado —involuntario para un niño— se siembran las raíces de una identidad dual, tejida con nostalgia, memoria y una profunda conexión con los paisajes y afectos de su nuevo país. Venezuela no solo le dio hogar, sino también propósito: ahí se formó en la Escuela Cristóbal Rojas de Caracas, desarrolló una extensa carrera como diseñador gráfico y cultivó una intensa relación con las artes plásticas, aunque durante muchos años mantuvo esa faceta en secreto, como un “pintor clandestino”.

A lo largo de su vida en Venezuela, Santiago desarrolló una obra de diseño comprometida, reconocida y ampliamente difundida dentro y fuera del país. Su trabajo se vio alimentado por una sociedad que comprendía su lenguaje visual y le ofrecía los recursos, los espacios y la interacción necesaria para crear. Sus vínculos personales, sus hijos y nietos, su práctica profesional y su pertenencia al entramado cultural venezolano lo convierten, como él mismo afirma, en un producto de ese país. Incluso cuando muchos de sus trabajos plásticos nunca fueron expuestos —almacenados discretamente en su casa o en instituciones como la Universidad Católica Andrés Bello—, esa producción paralela formaba parte íntima de su identidad artística.

Tras más de seis décadas en Venezuela, Santiago regresa a España como un “retornado”. El reencuentro no es fácil: las estructuras burocráticas le impiden ejercer su oficio como diseñador, lo que provoca inicialmente frustración y desencanto. Sin embargo, ese obstáculo se convierte en catalizador. En un giro vital que él mismo califica de descubrimiento, emerge a la luz pública su faceta artística largamente postergada. El pintor clandestino despierta. Comienza entonces una etapa experimental, en la que sus conocimientos de diseño se vuelcan en la creación de móviles y piezas escultóricas que combinan técnica, intuición y memoria. Ya no hay cliente, ni encargo, ni validación externa: ahora crea por necesidad interior, con la convicción de conmover a otros desde lo más genuino de su ser.

Hoy, a sus casi 80 años, Santiago Pol transita una etapa de lucidez creativa y libertad plena. Su arte, como él mismo dice, no busca ilustrar ideas sino destilarlas, dejarlas crecer desde dentro, permitir que las obras se revelen a sí mismas en el proceso. No aspira a grandes reconocimientos, pero sí a tocar a quien se acerque a su trabajo, como aquella señora que, al ver su primera exposición individual, le confesó que se le había puesto la piel de gallina. Ese gesto íntimo y sincero es para él el mayor premio: saber que su arte puede provocar una emoción real. Así, Santiago trasciende la figura del diseñador y del migrante, y se instala como un creador que ha sabido convertir la experiencia del desplazamiento en una forma elevada de permanencia.

Pasado, presente y futuro

Imágenes: AVA.

Santiago Pol

El futuro de Santiago Pol se proyecta como una madurez luminosa, serena y fértil, donde el arte se convierte en un acto de libertad absoluta. Lejos de las presiones del mercado o de la aprobación institucional, su obra continuará creciendo desde una motivación profundamente íntima: la necesidad de decir, de conmover, de dejar un testimonio sensible del mundo que ha habitado y transformado. Liberado de las restricciones del diseño comercial y acogido por la autonomía del gesto artístico, Santiago seguirá explorando con lucidez las posibilidades formales y conceptuales de sus móviles, depurando materiales, técnicas y pensamientos, en un proceso que él mismo describe como racional, metódico y evolutivo.

Su práctica artística no buscará monumentos ni retrospectivas grandilocuentes, sino pequeñas epifanías: conmover a alguien, generar una pausa, provocar una reflexión. Su legado crecerá desde el silencio, como ha crecido gran parte de su obra: sin aspavientos, pero con una potencia emocional profunda. Lo más probable es que su producción se convierta, con el tiempo, en un archivo valioso para las futuras generaciones de artistas y diseñadores que deseen comprender cómo la vida, la migración, la pérdida y la resiliencia pueden encontrar forma en el arte.

A medida que su obra se exponga más allá del ámbito íntimo, es posible que espacios culturales e instituciones españolas y venezolanas redescubran su trayectoria, no solo como diseñador, sino como un artista visual completo, cuyo testimonio encarna la complejidad de la diáspora y la riqueza de una vida vivida entre dos mundos. En esa doble raíz —Cardedeu y Caracas— se sostiene su árbol, que sigue dando frutos a pesar del tiempo, o quizás precisamente gracias a él.

Por eso, el porvenir de Santiago no se mide en cantidad de exposiciones o ventas, sino en profundidad: en cómo logra que su historia —la de un niño que colgó aviones de cartón en un balcón catalán— siga tocando la piel de quien se detiene a mirar sus obras. Su futuro es ese: emoción sostenida, obra que respira, y una lucidez que se vuelve forma.


Imágenes: AVA.
Música: Azul Cobalto. JMR01, 2025 (Cortesía).
Video: Febo.

Mi nombre es Santiago Pol.

Tengo doble nacionalidad. Soy venezolano y soy español. Español porque nací aquí en España, y venezolano porque toda mi vida la pasé en Venezuela. Y me siento venezolano, con arepa incluida.

¿Qué circunstancias te llevaron a migrar y cómo fue tu experiencia?

Bueno, yo en mi caso tengo que hablar de dos emigraciones. La primera cuando salí de España a Venezuela en el año 54. Por supuesto, bajo la tutela de mis padres que emigraron a Venezuela. En aquel tiempo en España había una dictadura y en Venezuela había otra.
Aquí en España estaba Franco gobernando y en Venezuela la dictadura hermana de Marcos Pérez Jiménez.

Evidentemente, a esa edad yo creo que nadie escoge la emigración ni es voluntario el cambio.
Tú te vas porque son tus padres los que te llevan. Y esa es la razón por la cual emigras. No fue que yo tuviera la voluntad de cambiar de un país a otro.

Pero en general, yo creo que cuando se emigra siempre es por alguna razón muy concreta.
Puede ser por razones políticas, económicas, religiosas, por algún tipo de persecución, dentro de las cuales puede estar hasta la persecución sexual. Pero siempre la emigración ocurre porque hay una necesidad, una razón de ser muy importante por la cual tienes que cambiar radicalmente de sitio.

Como en mi caso, en esa primera emigración cuando salí de España para Venezuela. La otra emigración ocurre ya hace poco, hace siete años, cuando emigré de Venezuela a España.

Aquí le dicen a este tipo de ciudadanos que hacen esto “retornados”. Es decir, yo soy un retornado a España después de haber vivido toda mi vida en Venezuela. Yo, desde los ocho años que fue mi llegada de inmigración de España a Venezuela hasta los 72 años, estuve en Venezuela. Es decir, que mi vida, mi obra, incluso mi familia…

Porque yo tengo dos familias, o dos matrimonios. En el primero tuve tres hijos: Adriana, Javier y Sergio.Y en el segundo matrimonio tengo dos hijos: Lucía y Diego. Pues todos ellos son venezolanos hoy en día.

De esa emigración puedo decirte que toda mi familia ha retornado acá, a excepción de mis padres que murieron y están enterrados en Venezuela.

Eres migrante y eres un retornado. ¿Cuál es el recuerdo más significativo que tienes de tu vida antes de emigrar, en este caso de Venezuela y retornar?

Bueno, yo viví en España hasta los ocho años de edad y a pesar de que era un niño cuando tuve que salir para Venezuela, sí tengo recuerdos muy hermosos de mi existencia. Claro, en primer lugar, yo no vivía en una ciudad, vivía en un pueblo que está a unos 40 kilómetros de Barcelona. Se llama Cardedeu. Podría traducirse al castellano como “la cara de Dios”, nombre que me parece muy hermoso por demás.

Ese era un pueblo con una fuerte economía de tipo campesina. Y mi relación con la calle era verdaderamente extraordinaria. Vivía cerca del tren y, en una época del año, una de las cosas que hacía era recoger caracoles. En otra época del año salía con mi familia al bosque y recogíamos setas salvajes, que son muy cotizadas en la gastronomía.

También recuerdo que tenía mis amigos, e incluso en diciembre hacíamos villancicos y recogíamos algo de dinero y caramelos con nuestras parrandas.

Pero quizás la pregunta que me estás haciendo tiene que ver con hasta qué punto yo tenía en esa época algún recuerdo que me llevara a lo que posteriormente venía siendo, que es el diseño y el arte.

Recuerdo dos cosas: Una, el azul. El azul que tenía mi mamá para lavar la ropa, que era un azul cobalto. De verdad, eran de los pocos colores que yo tenía cerca de mí. Era muy cotidiano tenerlo porque era con el que mi mamá lavaba la ropa. Y ese azul siempre me produjo una gran emoción, sin saber ni tener ninguna explicación de lo que más adelante podría ser en mi vida.

Y la otra cosa que yo recuerdo relacionada con mi trabajo fue un poco patética y tiene que ver con lo que después yo les voy a mostrar que traje aquí, que son los móviles que estoy haciendo ahora. Resulta que en la procesión de Semana Santa de uno de los años, cuando estábamos acá, a mí se me ocurrió llamar la atención de la procesión
que iba a pasar por delante de mi casa. Con unas cajas de cartón y unos hilos fabriqué unos elementales aviones y colgué cinco o seis desde el balcón de mi casa, con la clarísima intención de que todos los que pasaran por aquella procesión quedaran deslumbrados por mi arte.

Yo me fui a la procesión, caminé un buen rato hasta que finalmente llegué al balcón de mi casa, y cuando llegué no había nada. Mi mamá les había echado tijera a todos los aviones para que no se viera nada.

Han pasado los años y ahora estoy haciendo móviles y he recordado en muchas ocasiones aquel frustrante momento de mi mamá en aquellos años previos a irme a Venezuela.

¿Cómo describirías el impacto de esta dualidad, de esta doble nacionalidad, en tu obra?

Bueno, se me pone la piel de gallina cuando trato de responder eso. Y es porque esta doble nacionalidad, y el impacto que tú sugieres que existe, sí lo hay. Y lo digo de una manera bastante contundente, porque yo llego a España con la ilusión o la esperanza de poder hacer mi trabajo de diseño, continuar el que hice por más de medio siglo en Venezuela. Y cuando llego aquí me encuentro con que, por razones burocráticas de tipo social, no puedo trabajar, no puedo cobrar y por supuesto no he podido hacer ni un solo diseño en España.

Esto, por supuesto, me llevó a algunos días de depresión, de malestar, etc. Pero el impacto que tuvo este reencuentro terrible con España me llevó a explorar una parte de mi vida que yo venía haciendo toda la vida, pero de una manera clandestina. Yo era un pintor clandestino. Yo hacía mis cosas y las escondía en mi casa.

De hecho, la Universidad Católica Andrés Bello tiene una camioneta entera de obras que jamás expuse. Era el Santiago clandestino. Porque no tenía necesidad de mostrarse, porque realmente me iba muy bien mostrando mis carteles, escribiéndolos dentro y fuera de Venezuela. Y la verdad, a mi obra plástica no le veía ninguna importancia de ser exhibida. Pero cuando llego a España y me encuentro con que no puedo trabajar, decido desempolvar a ese pintor clandestino y hacerlo de una manera clara.

Y hoy en día estoy muy feliz haciendo un trabajo experimental, muy diferente al diseño, relacionado eso sí con el diseño, porque yo creo que lo que estoy haciendo hoy en día está en un hilo muy fino que separa el arte del diseño. Y encuentro que es una manera muy diferente de crear: el proceso creativo de un artista y el proceso creativo de un diseñador son muy diferentes.

El diseño tiene un proceso creativo que no es lineal. Yo diría que es en zigzag: buscas una idea, no sirve, buscas otra, vas a otra idea, sigues con otra… En fin, ese proceso creativo es la búsqueda permanente de variables para encontrar un tema.

Sin embargo, cuando tú haces arte, trabajas de una manera lineal. Empiezas y podría usar el ejemplo de Mondrian para ejemplarizar lo que quiero decir Mondrian no llega a esa combinación simple de cuadrados con fuertes líneas negras y colores vivos y puros porque sí. Eso tiene un nacimiento: los árboles.

Mondrian empieza estudiando los árboles, y haciendo una serie de síntesis de tipo visual llega a una simplificación absoluta que termina en lo que es su obra, que todos conocemos: cuadrados, líneas rectas, horizontales y verticales, donde en algunos casos los llenaba de colores.

Eso tuvo una línea recta en su proceso creativo, no estuvo dando saltos ni brincos en su visualización de las cosas, sino que simplemente siguió una línea recta. Y esto es lo que hoy en día siento que a mí me está ocurriendo. Porque he podido hacer, con el trabajo experimental, una depuración tanto de los materiales como de las técnicas y los conceptos,
pero siempre en una línea recta.

En este recorrido artístico de Santiago Pol, ¿existen elementos culturales venezolanos que consideres fundamentales en tu obra?

Bueno, evidentemente todos, todos. Yo soy un producto de Venezuela. Lo he dicho en muchas ocasiones: si Venezuela no existiera, a mí nadie me conocería. De hecho, a las pruebas me remito. Aquí estoy en España.

¿Qué diseño he hecho en España? Ninguno. Bueno, sí, he hecho algunas cosas de tipo internacional y algunas cosas pequeñas, pero yo podría decir que no he vivido el diseño como lo viví en Venezuela.

Porque hay una cosa muy importante que quiero aclarar: no es lo mismo ser diseñador en un país que hacer diseño como pintor. Voy a poner el ejemplo de Reverón: Reverón se fue al Castillete, muy lejos de Caracas, en la carretera que todavía no existía ni siquiera la autopista Caracas-La Guaira. Tardaba mucha gente para llegar por la carretera vieja de Caracas a Macuto, y él estaba verdaderamente aislado del mundo cultural de la ciudad.

Sin embargo, Reverón no solo creó, sino que creó todo un mundo a través de un castillo y de una serie de vivencias extraordinarias, en las cuales pudo hacer incluso obras partiendo del excremento de animales para pintar. Reverón no necesitó de la sociedad ni de mecenas para poder crear. Él hizo su casa con piedras del río, que después, finalmente, ese mismo río derrumbó.

Pero ¿cómo hace un diseñador para hacer un cartel si no tiene una imprenta, si no tiene un cliente, si no tiene dinero para hacerlo, si no tiene los sitios para pegar ese cartel? Para diseñar hacen falta muchas condiciones. Y esas condiciones tienen que ver con lo autonómico, con lo cultural y con algo que es muy importante: la comprensión de una sociedad.

Y eso fue lo que yo tuve en Venezuela: la comprensión para desarrollar mi obra y los recursos para desarrollarla. Es decir, yo soy venezolano, nacido aquí, en España, pero sin Venezuela a mí nadie me conocería.

¿Este es el compromiso que ahora Santiago Pol tiene en España? ¿Es el desafío más grande que ha tenido?

La pregunta me hace meditar, porque… yo sí creo que es uno de los desafíos más grandes que he tenido. Porque sencillamente he tenido que cambiar radicalmente mi postura ante la vida, mi postura ante el arte, y he tenido que cambiar completamente los parámetros que yo tenía,
sobre todo las expectativas románticas que yo tenía de mi llegada como inmigrante a España,
habiendo sido además una persona nacida en esta tierra. Me imaginaba que realmente no iba a ser tan complicado como ha sido todo esto.

Sin embargo, repito lo que ya antes dije: ese desafío me llevó a un descubrimiento maravilloso de un aspecto de mi vida que me parece extraordinario poderlo hacer ahora que tengo casi 80 años de vida.

Ese resurgir del pintor clandestino, ¿tiene que ver con el diseñador?

Yo creo que tiene que ver con mi formación. Mi vida ha sido maravillosa, contradictoria y llena de casualidades. Pero no olvidemos que mi formación no es de diseñador. Soy una persona formada en la Escuela de Bellas Artes de Caracas, la Escuela Cristóbal Rojas, y en la Escuela Superior de Bellas Artes de París.

Toda mi vida ha estado vinculada al quehacer cultural y plástico de Venezuela. Y evidentemente yo creo que el resultado de este conflicto ha sido precisamente la formación que yo tengo de haber estado toda la vida inmiscuido en el arte plástico venezolano y en las relaciones, sobre todo humanas, que siempre mantuve con todos los artistas venezolanos de todas las tendencias plásticas.

Porque yo no me relacioné con una sola postura plástica en el país, sino que tuve amistades y profesores de diferentes tendencias, que son los que a mi modo de ver, hoy en día, me están permitiendo expresarme de esta manera.

¿Consideras que existen diferencias puntuales entre el contexto artístico venezolano y el español?

Sí, yo sí creo que sí. Aunque evidentemente no he tenido mucho roce con el mundo cultural de acá. Apenas he ido a algunas exposiciones colectivas. En su gran mayoría no me han parecido grandes aportes. No sé si ha sido mala suerte, pero me he encontrado con exposiciones muy vacías, muy “pintores de domingo”, por decirlo de alguna manera.

En Venezuela yo estaba relacionado con artistas que tenían pedigrí, trayectoria, una tendencia. Y aquí no lo he podido sentir. Pero creo que no debo apresurarme en esta respuesta porque verdaderamente no he tenido un contacto muy fuerte con el mundo cultural de Barcelona, a excepción de visitas a exposiciones maravillosas, como la que vi en Madrid, o ayer que estuve en el Museo Picasso.

Y realmente, una vez más, me sentí sumamente privilegiado de poder tener tan cerca de mi casa la obra completa o gran parte de la obra de Picasso. Pero no podría responderte de manera muy concreta, porque creo que aún me falta mucho roce y contacto para poder darte una respuesta firme.

Ahora que mencionas la palabra “privilegio”, ¿consideras que tu retorno a tu país de nacimiento ha sido un privilegio frente a otras migraciones?

Sin duda. Claro que sí. Porque yo he tenido la fortuna, en primer lugar, de traerme a toda mi familia. Ya eso es mucho. No he tenido el guayabo que tienen todos los emigrantes: de estar aquí, tener a su mamá en Venezuela, su papá, su hermano, etc.

Yo he tenido a toda mi familia. A tal punto que, como les dije antes, tengo cinco hijos en dos matrimonios. De los cinco hijos, uno está en Estados Unidos, otro Javier o Diego, y otro en Santiago de Chile Sergio. Pero mi hija Adriana, mi hija Lucía y mi hijo Javier están en España.
Y a su vez sus hijos.

Tengo tres nietos y una bisnieta, y todos están en España. Entonces, para mí, desde el punto de vista familiar, no ha sido traumático el cambio. Lo traumático ha sido la situación que veo que se vive en Venezuela, de la cual, por supuesto, no puedo ser indiferente. Me duele y me pega muchísimo.

Pero a nivel personal y familiar, yo no puedo decir que me haya sumado a un drama ni que me haya perjudicado.

¿Sueñas con lograr algo con tu obra? ¿Con qué sueñas?

Es una pregunta simpática… y peligrosa a la vez. Por supuesto que cuando hacemos arte, o cuando nos expresamos de alguna manera no solamente en las artes plásticas siempre aspiramos a una cosa elemental: que nos vean. Por eso lo hacemos con materiales nobles y duraderos, para que se sienta y se proyecte lo que estamos haciendo.

Y es más: hoy en día aquí he podido obtener materiales y técnicas de una calidad tal que me permiten, y me van a permitir, que mi trabajo se proyecte con el tiempo, y sea mucho más duradero.

Y repito: tu pregunta es santa y peligrosa a la vez, porque, desde luego,
¿Quién no hace arte para ser degustado?
¿Quién no sale a un escenario para exhibirse? Es para que lo vean.
¿Quién escribe una poesía en papel? ¿Por qué no la deja en su mente y la deja flotar? Porque quiere dejar un testimonio escrito, no es para él.Lo está haciendo para trascender, para que otros lo vean.

Y eso ocurre en todas las artes. Todos los artistas lo hacen de esta manera: para ser vistos.

O sea, su sueño es, sin duda alguna, ser visto. Ahora, una cosa muy distinta es que le guste a la gente lo que hacemos. Probablemente a algunos les gusta, a otros no. Pero precisamente la bendición del arte es hacer lo que nosotros tenemos dentro, lo que nosotros queremos.

Eso es lo que no pasa con el diseño. En el diseño, si yo hago un diseño y no le gusta al cliente, ese diseño no va. Ese diseño no va a progresar. Pero aquí, si hago un trabajo y no es visto, pues no tiene ningún sentido que lo haga.

En el caso del diseño vuelvo y repito si hago un afiche, por ejemplo, y no le gusta al cliente, ese trabajo no va a salir. Pero aquí, si hago un trabajo, si le gusta a la gente, perfecto. Y si no le gusta, lo importante es que me guste a mí.

¿De qué forma quisieras trascender?

Mira, logrando conmover a los seres humanos con lo que quiero plantear. Es decir, si tengo un concepto con una potencia tal que logre que las personas reaccionen ante él.

Me pasó una cosa hace unos días: hice mi primera exposición individual muy lejos de aquí, a dos horas de Barcelona, en una masía. Aproveché un momento hermoso, porque mi cuñado se casaba, y aprovechamos un espacio de la casa para hacer una exposición individual que duró muy pocas horas: seis horas.

Pero ocurrió una cosa que para mí fue la más significativa. No fueron los aplausos ni los “carpetazos” que me dio la gente felicitándome por la exposición. No. Ocurrió una cosa que para mí, en sí misma, responde plenamente la pregunta que me estás haciendo.

La señora que hacía el servicio doméstico de la casa subió a la exposición. La casa quedaba en planta baja, y la galería estaba en la primera planta. Y cuando ella entró, me dijo: “Se me ha puesto la piel de gallina al ver la exposición”.

Para mí esas palabras de ella, esas son las que valen la pena, las que me dicen que voy en el camino correcto y que eso es lo que tengo que hacer. Porque la idea con la cual hacemos las cosas es para conmover, para lograr producir algo, para que el arte mueva a las personas y las haga reflexionar.

¿Y si pudieras hacer una obra que represente lo que sueñas, cuál sería?

Mira, yo creo que la obra no es ilustrativa. Por lo menos yo no me lo planteo como una ilustración. Actualmente estoy haciendo un arte plenamente racional, evolutivo, que sigue su propia metodología, se nutre de su propia savia, y realmente creo que, si fuera tu caso, harías el Guernica o harías Las Meninas, si fueras Picasso.

Pero como no soy Picasso, pienso más bien que esa obra que representa lo que yo quiero hacer será producto de una evolución que ella misma irá diciendo. Yo no tengo la menor intención de hacerla ya. Creo que ella misma lo va a hacer. Me va a dar las pautas de lo que puede ser.

No tengo ningún espíritu de cronología personal ni de justificación de lo que quiero hacer. Yo creo que el arte se justifica por sí mismo. Y esto es lo que voy a hacer: trabajar y continuar evolucionando. Porque me emociona mucho lo que estoy haciendo.

Y no sé si te respondo con lo que te voy a decir, pero fíjate: he venido haciendo unas cosas que ahorita les voy a mostrar y desde hace menos de un mes para acá ha evolucionado de manera extraordinaria.

Las estructuras que tenía de los móviles eran unos separadores penetrados por guayas.
Hoy en día las he sustituido. Y ya casi han desaparecido completamente. Las verticales han desaparecido y esas estructuras parecen invisibles.

Eso es producto del razonamiento, no de la inspiración. Me hace mucha gracia cuando veo últimamente que los artistas dan consejos para los momentos en blanco, cuando no se les ocurre nada.

A mí me da risa eso, porque yo no tengo ese problema. Porque estoy trabajando de una manera ordenada, racional. Mi planteamiento es: ponerme a hacer las cosas. No estoy esperando la inspiración.

Y no sé si me voy a alejar de la respuesta, pero por otra parte también he logrado una cosa muy importante: toda la experiencia que he tenido durante mi vida como diseñador. La férrea disciplina que tiene un diseñador a la hora de medir los espacios vacíos, a la hora de trabajar el tracking de una letra, a la hora de entender el espacio negativo y la composición de algo…

Esa estructura que te hace además ser un técnico especialista, altamente elaborado en materia de conocimientos de impresión… Eso, en realidad, resume que un diseñador no es un oficio:
es un conglomerado de oficios.

Y el primero es ser periodista, un investigador, después un loco creador, un técnico preciso, un calculador matemático y, además, un economista. Porque un buen diseñador ahorra mucho dinero.

Pero en el caso del arte, yo me he encontrado que muchas de las herramientas que tenía en el campo del diseño hoy en día las utilizo para hacer arte, pero con el criterio de que ya no tengo que esperar la aceptación de un cliente, sino que lo hago porque me gusta a mí.

Imágenes: AVA.