Vidas en tránsito

Víctor Asuaje

“En 40 kilogramos de equipaje es mucho lo que se queda.”

Artista visual.
Venezolano.
Reside en Madrid, España.

Foto: Nathalie Sayago

Víctor Asuaje es un artista visual venezolano cuya trayectoria migratoria ha estado marcada por una profunda búsqueda de expansión cultural y profesional. Desde los años noventa, cuando comenzó a vincularse con escenarios internacionales como España y Estados Unidos, su deseo ha sido siempre conocer otras culturas y someter su obra a nuevas lecturas. Esta voluntad no ha sido fruto de la improvisación, sino de una preparación consciente y prolongada que lo llevó a consolidar una carrera artística de más de tres décadas. En ese recorrido, ha logrado percibir las transformaciones culturales de los territorios donde ha vivido, comprendiendo las diferencias entre una España anterior a la Unión Europea y el complejo entramado multicultural que representa hoy. Migrar, para él, ha sido mucho más que un cambio geográfico; ha sido un proceso que lo ha definido como creador, exigiéndole claridad sobre sus motivaciones internas, familiares y generacionales.

Su obra, centrada en la pintura y el dibujo, se ha nutrido de una constante necesidad de diálogo con públicos diversos. Azuaje rechaza la pasividad y se compromete con un trabajo constante que lo impulsa a mantenerse vigente, sin fórmulas preestablecidas ni comodidad creativa. Él mismo reconoce que en esta etapa, su producción ha alcanzado una madurez expresiva, pero también una vitalidad renovada: ya no busca reproducir lo que fue, sino reinventarse a través del contacto directo con contextos cambiantes. Considera indispensable que los artistas salgan de sus entornos para someter sus lenguajes a tensiones nuevas, a veces incómodas, pero siempre productivas. Así, la migración se convierte en una pedagogía del riesgo, donde no hay ensayos previos y donde lo inmediato, lo vivido, se traduce directamente en la materia plástica.

El arraigo, en su caso, no está ligado a objetos ni a posesiones, sino a una dimensión espiritual del lugar de origen. Su conexión con Venezuela, especialmente con los llanos, los Andes y Caracas, permanece viva a través de las tradiciones orales que ha investigado durante dos décadas, y que han sido punto de partida para series como la “Crónica de un Madrid” que actualmente desarrolla. La migración, sin embargo, le exigió reducir su vida a 40 kilos de equipaje y comenzar de cero en un nuevo entorno. Lo desafiante no fue solo dejar un taller, una red de amigos o un circuito profesional, sino demostrar que su historia no sería un peso, sino una plataforma. Su mirada sobre el presente y el futuro se ancla en una práctica exigente y consciente, donde el trabajo cotidiano, las nuevas relaciones y la necesidad de síntesis se convierten en motor creativo.

Víctor entiende el arte como resistencia, no como resiliencia pasiva. Su obra está atravesada por la historia política y social de su país y por una conciencia crítica del poder. Para él, ser artista latinoamericano es estar inevitablemente marcado por rupturas, luchas y contextos de imposición que forjan una sensibilidad insumisa. No idealiza la figura del “artista loco”, sino que apuesta por la formación, el estudio y la investigación rigurosa. Hoy, con más de 40 años de carrera, quiere seguir produciendo con intensidad, dejando un legado que palpite con su vida. Su futuro artístico, dice, se escribe desde el presente: una obra viva, cercana a su experiencia cotidiana, que acompañe su andar y, eventualmente, dé testimonio de su paso por el mundo.

Pasado, presente y futuro

Imágenes: AVA.

Víctor Asuaje

El futuro de Víctor Asuaje se proyecta como una continuación lúcida, madura y profundamente comprometida con el arte como ejercicio de pensamiento, resistencia y sensibilidad. Lejos de buscar reconocimiento inmediato o fórmulas complacientes, su trayectoria apunta hacia una obra que seguirá creciendo en densidad y coherencia, alimentada por la experiencia vivida y el deseo de permanecer inquieto frente al mundo. La migración, lejos de fragmentarlo, parece haberle otorgado una nueva piel: una que le permite leer la complejidad de lo contemporáneo desde una perspectiva crítica y sensible, sin perder sus raíces culturales ni la fidelidad a su propio lenguaje.

En los próximos años, es previsible que Víctor se consolide como un puente entre generaciones, no solo por su producción artística —que seguirá desarrollándose con fuerza en el dibujo y la pintura—, sino también por su rol como referente y mentor. Su discurso revela una conciencia del deber ético del artista, especialmente en contextos marcados por crisis, exilios y transformaciones profundas. Desde esta posición, probablemente intensifique su vínculo con jóvenes creadores, compartiendo no solo técnicas, sino visiones y formas de pensar el arte como lugar de construcción simbólica y resistencia.

Además, su mirada sobre la cultura venezolana, especialmente las tradiciones orales y saberes populares, lo posiciona como un portador de memoria en diálogo con el presente. Esto lo lleva a generar obras que funcionan como crónicas visuales de lo que ha sido desplazado, silenciado o transformado. Madrid, su nuevo entorno, se convierte así en un territorio espejo, donde su experiencia migrante se resignifica, y donde su obra puede continuar tejiendo puentes entre lo local y lo universal.

En resumen, el futuro de Víctor se proyecta no como una línea recta hacia la consagración, sino como una espiral en expansión: profundamente ética, estéticamente rigurosa y existencialmente viva. Un arte que respira con su tiempo, que se compromete con su gente, y que encuentra en cada nueva etapa no un destino, sino un nuevo comienzo.


Imágenes: AVA.
Música: Cuarenta kilos de memoria. JMR01, 2025 (Cortesía).
Video: Febo.

Soy Víctor Asuaje, artista visual, Venezuela.

¿Qué circunstancias te llevaron a migrar? ¿Cómo fue la experiencia, esa experiencia inicial?

Mi experiencia inicial para migrar fue siempre una intencionalidad en la búsqueda de mi trabajo. Siempre necesité conocer otras culturas. Siempre me preparé para venir no solo a España, sino a Estados Unidos, cosa que he cumplido en mis últimas temporadas. Aquí fue a principios de los años 90, en un margen del año 90 hasta el año 1992. Y me he podido percatar de la diferencia de una España culturalmente previa a la creación de la Unión Europea y hoy día en plena Comunidad Europea.

Para mí siempre ha tenido especial significancia por el intercambio que te demanda. Te exige no solo viajar y aventurarte, sino que te define. Tienes que saber con claridad qué es lo que te mueve: a nivel psicológico, a nivel familiar, a nivel generacional, para conocer otras culturas, otras geografías, y enfrentarte a una lectura totalmente diferente sobre tu obra.

Hoy día, con un lenguaje un poquito más asentado en el tiempo —unos 35, 36 años de carrera— me permiten asumir con tranquilidad, pero no pasividad, que estoy produciendo lo más que puedo, sobre todo en el área de pintura y dibujo en acrílico, óleo. Y siento que el reto es hablarle no solo desde el punto de vista de la cultura o de las raíces culturales a una población hispana, sino abierto a una población europea muy mixta. Y he podido compartir sala con artistas de muchas nacionalidades en estos apenas dos años de trabajo reciente, que me permiten con seguridad afirmar que, más que nunca, un artista necesita viajar, necesita aprender, necesita conocer.

Es, digamos, la mejor enseñanza. Y es el mejor consejo que yo le puedo dar no solo a los jóvenes creadores, sino también a los artistas que tienen un lenguaje desarrollado en el tiempo y que tiende a hacerse un poco estanco.

Entonces, este tipo de retos, este tipo de trasvase de ideas en otros contextos —totalmente distintos al de donde somos originarios o donde nos formamos inicialmente— al cabo de un tiempo se tiene que generar unas respuestas que no están preparadas. O sea, no hay un ensayo previo del artista Víctor Azuaje del próximo año. Yo no lo sé. Mi pintura incluso no necesita un bosquejo inicial, sino que intento que sea lo más espontánea posible y que haya una relación directa con lo que estoy pensando, con lo que estoy viviendo y con lo que estoy plasmando.

En esa misma medida pienso que, a diferencia de otros momentos de mi carrera, donde te enfrentabas más o menos siempre a un mismo público, a un mismo circuito de galerías, y donde sabías de alguna manera que tus trabajos podrían estancarse, podíamos llegar a un punto donde trasvasar ideas a alguien que viva una vida absolutamente diferente, en un contexto de una economía totalmente diferente, se vuelve urgente.

Y en este nuevo tiempo, con la aparición no solo de Internet, sino del arte digital, se plantean muchas interrogantes que uno tiene que ir resolviendo en caliente. Entonces, a lo que me refería: el artista en proyecto realmente no sabe dónde va. En mi caso, hoy día, no tengo una meta específica. Simplemente estoy intentando dar lo mejor que puedo con la preparación que he tenido, con la experiencia que he tenido —que si bien ha sido no solo en Venezuela y en el interior del país, sino en otros países—. Realmente estoy dentro de una etapa más novedosa en cuanto a lo demandante de la situación: en lo económico, en lo social, en lo político.

Hay características muy especiales de la migración venezolana porque está marcada por un hito que dividió la historia. Para bien o para mal. Depende quién lo quiera ver y cómo lo quiera jugar. Pero indudablemente el trabajo que uno realiza se va a ver siempre bajo ese cristal: como el artista que huye, escapa, se asila o simplemente se aparta o se evade de un problema mayor que supera no solo a él, sino a su gentilicio.

Entonces son aspectos que no son redundantes, ni son tampoco un discurso vacío; no son discursivos nada más, sino que día a día, en el cotidiano, en la creación cotidiana, en mi taller, demanda respuestas en el momento. O sea, que tienen que ver con el trabajo, la relación con nuevos galeristas —galeristas que no necesariamente son en español, o son artistas hispanos o no—. Entonces son comunidades muy nuevas, muy heterogéneas, que han vivido muchas otras experiencias, y a la cual uno tiene que simplemente adaptar —no el lenguaje a conveniencias— porque a ratos yo puedo sentir que voy a contravía de muchos aspectos, y en otras me siento que voy en plan tobogán con todos los artistas. Porque indudablemente de eso se trata. Migrar es un reto.

¿Qué elementos culturales de tu país de origen?

Mira, hay elementos que vienen sobre todo… De hecho, la obra que más he proyectado aquí en España y en Francia últimamente, en estos últimos dos años, tiene que ver con las tradiciones orales. Yo estuve abordando desde hace unos 18-20 años en Venezuela las tradiciones orales como una manera de crónica no oficial. Entonces tenía mucho que ver con la herencia hispana, con la herencia europea en nuestro país, y con la manera en que también dentro de nuestra propia cultura, y dentro de lo que representamos muchos otros artistas, cuál era esa simbiosis.

Yo creo que la sabiduría popular guarda dentro de sí respuestas a muchas de las ambigüedades que hay en los discursos de hoy día: de orden sociológico, de orden psicológico, de orden migratorio. Entonces, cuando uno explora en la riqueza cultural que hay en las expresiones de todos los pueblos venezolanos —en este caso del Llano, de los Andes— que era más o menos la zona donde yo me ausenté siempre, y Caracas capital, donde siempre desde los años 80 hasta hoy día he estado mostrando mi obra, considero que allí están todos los elementos necesarios para desarrollar mi trabajo. Porque es como un eje transversal que cruza todas las temáticas que he abordado.

Yo le llamé inicialmente una serie sincrónica de la ciudad de Barinas, que era donde vivía, pero era una especie de pueblo universal donde se podía reflejar hoy mismo fácilmente la serie que estoy trabajando, que es aquí en Madrid. Y pudiéramos decir que esa es la crónica de un Madrid visto desde mi propia vivencia.

Ha sido el desafío más grande que me ha tocado como artista migrante. Bueno, dejar todo atrás. Como a todos les digo, el arraigo no tiene que ser en cuanto a objetos, en cuanto a cosas, en cuanto a posesiones, sino que el arraigo tiene que venir desde un punto de vista más espiritual: en lo que un pueblo es. En este caso, tener 40 kilogramos de equipaje y el resumen de toda una vida de trabajo allí fue lo que finalmente me demostró que en 40 kilogramos de equipaje es mucho lo que se queda. O sea, abandonas realmente muchas cosas. Debes dejarlas, debes desprenderte.

Yo me preparé por mucho tiempo porque mi plan era regresar a Europa, establecerme aquí con mi esposa, mi hija. De hecho, ya estamos todos aquí. Pero el reto más tremendo puede medirse, si se quiere, en cuanto a la capacidad que tenía instalada ya de taller, los espacios, el circuito de amigos, el circuito de trabajo… y entonces desprenderse de todo aquello y emprender desde cero una nueva vinculación a galeristas —que hoy día somos amigos— pero que la relación empieza como una relación estricta de trabajo, donde tienes que tener una capacidad de síntesis de todo lo que hayas hecho en vida hasta este momento. Y entonces ya no importa lo que hayas hecho, sino lo que empiezas a hacer a partir de hoy.

Entonces, más que nunca se ponen a prueba esas recomendaciones y esa especie de literatura psicológica que te dice qué importa el presente y el futuro y que tal y qué sé yo. Entonces, sí, efectivamente, romper con el pasado de una manera mucho más definitiva —en geografía, en amistad, de trabajo— y asumir todo en una complejidad, en lo inmediato.

¿Cómo percibes la relación entre tu historia personal y los vínculos con otras historias?

Mira, la historia de otros migrantes y yo se parecen mucho. Yo siempre he dicho: las luchas sociales en Venezuela son de larga data. Yo viví las terribles temporadas de luchas estudiantiles de los años 80, los años 90 —ya luego no era estudiante universitario, sino como un trabajador más, como un artista visual más—. Y veo que la crisis es la misma, solo que a veces la única diferencia pudiera ser Internet.

Hemos estado gobernados por tiranos. Y eso marca de una manera muy dura, muy sustancial, la creación de un artista. Porque tú sabes que todos los artistas hispanos —o como decimos nosotros ya, latinoamericanos, que no sería el mejor término— pero de todos los países de habla hispana, de México hasta Argentina, tenemos una historia que está decapitada en algún momento. En algún momento somos antipoder, en algún momento estamos en contra de tiranías, en contra de imposiciones.

Y eso suele ser muy sano para un artista: cuestionar y no ser resiliente. Porque eso de la resiliencia es lo peor que le puede pasar a la gente. La resiliencia te ayuda a mirarte el ombligo, crecer y desarrollarte sin cuestionarse nunca las causas verdaderas de lo que te está afectando. Entonces lo mejor es, como decían aquellos filósofos franceses: la resistencia es lo que debe ser un artista. El arte es resistencia. Más que un mensaje, es resistencia.

Ese es el lenguaje común de los artistas hispanos que hemos migrado, ya no importa dónde. Nuestra obra, queramos o no, está marcada por eso.

¿Y qué esperas lograr?

Mira, una tranquilidad. Sobre todo porque pienso en mi familia. Pienso en mi hija. Pienso en el contexto familiar. El arte forma parte de lo que es la familia. Cuando digo “la familia” no es algo extraño. Mi hija creció en un taller de artista. Yo, de niño, fui realmente un autor ya semiprofesional, profesional, a los 18 años, hasta hoy día, donde tengo ya 58.

Entonces, quiero estar tranquilo, producir, llegar a mi obra donde realmente pueda exigirme al máximo. Ayudar, porque intento mantener el vínculo con muchos artistas jóvenes. No solo aconsejándoles por consejos gratuitos, sino consejos vividos y probados, y exigiendo de ellos —a través de esa misma amistad— un mayor logro en su plástica, en su expresión y en su preparación.

El cuento de que el artista loco echa pa’lante y estas cosas, realmente no va mucho conmigo. Yo creo que un artista debe investigar, debe formarse, y eso es lo que intento transmitirles.

¿Si puedes crear una obra que se quede, cuál sería?

Wow… Es difícil quizás mirar tan adelante. Pudiera mirar mi futuro a través de mi presente. Yo creo que una obra que se identifique con lo que soy yo día a día. O sea, no es una obra distinta a lo que yo soy, no es una postura filosófica o un compartimento estanco de un conocimiento específico, sino que mi día a día es el que marca el pulso de mi obra.

Y yo quisiera que sí, que a lo largo del tiempo que me quede por vivir, sea una obra que palpite conmigo. Y que, a la hora de no estar, pues indique de alguna manera cuál fue el pulso que tuvo en vida para mostrar lo que hice.

Imágenes: AVA.